PABLO DA SILVEIRA
La enseñanza es un terreno de muchos debates y pocos consensos, pero al menos hay un punto en el que casi todos coinciden: la importancia de la calidad docente como condición indispensable para cualquier logro. Sin buenos docentes, ninguna política educativa será exitosa ni ningún presupuesto será suficiente. En el 2007, un equipo de la consultora McKinsey analizó los mejores sistemas de enseñanza del mundo y concluyó que la calidad de los docentes es el factor que tiene más peso individual a la hora de explicar los logros educativos. También señaló que el reclutamiento, la formación y las condiciones de trabajo son esenciales para tener buenos docentes.
Si así son las cosas, deberíamos apostar a los buenos docentes que sin duda hay en este país para salir del marasmo en el que estamos hundidos. Pero, ¿cómo reconocerlos?
Un camino sería atender al escalafón profesional. En la enseñanza pública uruguaya existe una carrera funcional compuesta de 7 escalones por los que se va ascendiendo a lo largo de los años. El grado más bajo es el uno y el más alto es el siete. (El esquema es en realidad algo más complejo, ya que además distingue entre docentes suplentes, interinos y efectivos, pero esto no afecta la lógica general del asunto).
En este contexto, podría esperarse que los docentes de mejor nivel estuvieran concentrados en el grado siete. De hecho, no es raro encontrar docentes que se precien de haberlo alcanzado. Pero la verdad es que ese grado no dice nada sobre la calidad del docente. Tal como funciona el sistema, todos son promovidos automáticamente cada 4 años, a menos que alguien tenga pésimos informes de inspección (casi nunca pasa) o que haya incurrido en irregularidades graves.
La frase "soy docente grado 7" sólo quiere decir que han pasado más de 24 años desde que esa persona se inició en el grado 1. Muchos han aprovechado esos años para acumular experiencia y volverse más sabios, pero otros simplemente se han hundido en la rutina y en la desactualización. El grado 7 no es garantía de nada. Verlo como un mérito en sí mismo es un indicio de burocratización.
Tampoco los certificados que acreditan haber participado en actividades de formación ofrecen un criterio seguro. Algunos docentes se preocupan por perfeccionarse, para lo cual se inscriben en actividades de formación o realizan estudios de postgrado. Otros se inscriben en los mismos cursos, pero sin otro fin que el de acumular méritos de cara al próximo concurso. Todos, sin embargo, reciben los mismos certificados, de modo que no es posible distinguir entre ellos.
En última instancia, la prueba de que alguien es un buen docente no tiene que ver con escalafones ni con certificados, sino con el simple hecho de que sus alumnos aprendan. Un docente de calidad es aquel que genera aprendizajes de calidad. Por eso es tan importante contar con información transparente y detallada que permita comparar desempeños. Pero las presiones corporativas se han ocupado de que eso sea imposible en este país.
Con asombrosa impudicia, la nueva Ley de Educación lo prohíbe. Así vamos.
"La calidad docente es el factor que tiene más peso a la hora de explicar los logros educativos.
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