REBAR
La novedad teatral en la capital inglesa no es, actualmente, la estupenda obra que sobresale en las carteleras, ni el exitoso autor que elogia toda la prensa, ni la formidable labor actoral que capta todos los aplausos. Nada de eso. Los comentarios de los asistentes de las históricas salas del West End se concentran en otro tema dominante: la invasión de los grandes teatros por una plaga de ratas, que "pasean" por los camarines en torno a los cuales merodean, habitualmente, los fanáticos de esta actriz o aquel actor siempre dispuestos a conceder la gracia de un autógrafo. Ahora, esa tradición ha cambiado; quienes rodean, entran y salen de tales lugares, son... ¡las ratas!
En una nota que Clarín reprodujo del londinense The Guardian, una protagonista de la escena que conservó el anonimato, ha dicho: "Encontré pequeñas mordeduras en mi lápiz de labios, que dejé sobre la mesa del camarín". Otros colegas, aseguran que han tenido que maquillarse entre "fragancias" que ellos saben distinguir muy bien, y sirven de testimonios olfativos de las desagradables presencias que se registran durante horas en que no hay funciones. La situación está absolutamente descontrolada, y se complica aún más por la antiguedad de los edificios y las dificultades para su mantenimiento.
Pero, no sólo los teatros de Londres son atacados por los roedores: también en el Parlamento británico han surgido en alarmante cantidad, tanto que los representantes de todos los partidos se han puesto de acuerdo -por fin, alguna vez tenía que ocurrir esto- para combatir a las repudiables invasoras, sea como fuere.
Volviendo a los teatros, repito, no será fácil la solución; habrá que ensayar más de una. Me permito sugerir que entre tanta fórmula que se baraje, acaso fuera interesante considerar la del impacto que algunos títulos teatrales podrían provocar en las ratas, hasta el extremo de ahuyentarlas. Por ejemplo, exhumar a "La ratonera", que desde su estreno en 1953 se representó durante añares, batiendo el récord mundial de permanencia en cartel... y que, además, es de Agatha Christie. Asimismo, no estaría de más devolver a las marquesinas el brillo de aquella joya de Tennessee Williams: "Un gato sobre el tejado de zinc caliente". De repente, la sola mención del felino sería capaz de espantarlas.
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