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Francisco Faig
En estas primeras semanas de gobierno el presidente va dejando sentadas las bases de sus políticas en diversos ámbitos. Un tema que naturalmente generaba mucha expectativa, era la forma en que Mujica habría de manejar su relación con los militares.
Su discurso de Durazno ante el alto mando militar es un mojón importante en la historia política de la izquierda y del país. No tanto por la invitación a formar parte de la "unidad nacional", ese espíritu que el presidente propala en estos días con bastante éxito. Sino porque, en la línea del "nunca más" del ex presidente Vázquez (que fracasó claramente), Mujica también da signos de querer dar vuelta una página vieja de 45 años.
El segundo presidente del Frente Amplio se despega vigorosamente de la línea oficial de su partido: la que sigue clamando por verdad y justicia cuando los principales represores están presos; la que promovió sin éxito anular la ley de caducidad. Pero en este tema, su legitimidad como actor histórico de las desventuras del país es, evidentemente, muy distinta a la de Vázquez.
Mujica está situado en una posición única y privilegiada para, efectivamente, conducir un proceso de normalización de las relaciones de la izquierda con el estamento militar. Por sus acciones ilegales y antidemocráticas en los sesenta; por su terrible y extenso sufrimiento en las prisiones de la dictadura en los setenta y ochenta, y por su formidable reconversión republicana ensayada en estos días.
Las Fuerzas Armadas no deben cargar con ninguna mochila del pasado ante su pueblo; y habrá patria para todos y con todos, dijo el presidente. Hay una nueva ley de defensa; hay una urgencia presupuestaria que atender para revertir la lumpenización de nuestros soldados; hay una situación de hecho que ha posicionado a nuestras Fuerzas Armadas como un actor relevante de la política exterior del país en el marco de la ONU.
Y es cierto que mirar a futuro es concentrar esfuerzos en mejorar las políticas públicas en estas dimensiones del quehacer militar nacional.
Mujica reconoció inmediatamente que su postura será incomprendida por muchos. Y rápidamente, ya se afirmó esa izquierda opositora. Ya Constanza Moreira, electa por el MPP, criticó en el Senado el peso presupuestal que tienen los militares, cuando se votó la continuación de la misión en Haití, polemizando con Jorge Saravia, también electo por el MPP. Ya el diputado socialista Bernini recordó el compromiso por "verdad y justicia" del programa de la izquierda. Ya el comunista Lorier, albañil de la candidatura de Mujica, prefirió no opinar sobre lo que debe sentir como la más osada voltereta presidencial (hasta ahora).
Mujica ve largo. Intenta construir la política militar de la izquierda para el siglo XXI. Sabe que será incomprendido, y "banca". Pero lo que nadie sabe es si la miopía de su campo es general e irrestricta, o si el presidente, caudillo y rumbeador, logrará tomar de la mano a esta izquierda reaccionaria y conducirla hacia los nuevos tiempos del país. El tiempo dirá.









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