SEBASTIÁN AUYANET
En un emotivo concierto a estadio lleno, una banda renovada y un cantante con altibajos, dieron un concierto de rock vibrante con un despliegue visual inusitado para lo que se ve por aquí y unos clichés tan pasados de moda como festejados.
Eran poco más de las cuatro de la mañana cuando la gente caminaba lentamente hacia las bocas de salida del estadio mientras My way de Frank Sinatra sonaba por los parlantes.
No quedan dudas de que esa canción de despedida, usada varias veces por rockeros caprichosos, fue una elección de Axl Rose. Qué mejor mensaje para decir lo que repite cada vez que habla por Facebook o Twitter y se nota en cada concierto. Esto que se ve hoy es todo a su manera.
¿Y cómo es el "Axl´s way"? Probablemente como lo esperaban los fanáticos que conocen historia, mito y miserias. Es entre otras cosas el capricho rockero anacrónico de tener un melón cuadrado en el hotel y no pasar por ahí; el de retrasar tres horas un concierto y no pisar Montevideo hasta la hora de tocar. Pero es también entrega física completa en el escenario. Es un divismo que se paga con transpiración, y que tiene su origen en una época en la que la popularidad en el planeta rock se ganaba más con ostentación y excesos publicitados que con credibilidad artística.
Ahí aparece entonces, corriendo el enorme escenario de lado a lado a pesar de no ser el escuálido de las calzas y las camperas con hombreras que quedó en el imaginario popular. En el Centenario, el cantante fue indolente con un público que esperó y acompañó con recato pero entregó un espectáculo que intentó dar todo lo que quería ver la gente. Entre otras cosas, a Slash.
Eso pasó cuando el atronador riff de la canción que da nombre a su último disco descubrió la sombra de DJ Ashba. Postura encorvada, guitarra Gibson Les Paul y hasta galera. Las luces y la pirotecnia se encendieron y dejaron ver el look andrógino y tatuado de este perfecto ejecutor de los riffs que hizo Slash, como una versión 2.0 del verdadero dueño del sombrero.
Esto no es un demérito para Ashba, ni para la banda ni tampoco para el propio Rose: Guns n´Roses -una banda más popular en Sudamérica o Japón que en el resto del mundo, algo que pasó también con grupos como The Ramones- se volvió un monstruo gracias a las personalidades errantes y arrogantes de sus ex miembros.
Slash, McKagan, Stradlin... todos tienen su "versión" en esta banda porque las viejas canciones están ligadas a ellos. Y fue mérito de esos músicos más que competentes que canciones como Patience o November rain fueran un viaje en el tiempo. En cuanto a la influenciada figura de Ashba, es simple: nadie ha interpretado y complementado mejor a Rose que Slash. Pase lo que pase en el futuro, ese matrimonio no quedó del todo roto.
Las añoranzas eran previsibles, pero ¿cómo desautorizar a llevar el nombre de su banda a quien diez años después de desaparecer lleva 30.000 personas -ese es el número que maneja la producción- al Estadio Centenario? Ninguno de sus viejos compañeros podría lograr eso, tampoco muchos de los artistas taquilleros que visitan la ciudad.
Esa fue otra confirmación: el público uruguayo también quiere ver rock internacional y está dispuesto a pagarlo. Lo de anoche fue un hito que recordó las visitas de rockeros al estadio veinte años atrás. Y con seguridad mucha de esa gente volvería a hacerlo a pesar de las eternas colas para acceder al estadio una hora después de la que marcaba la entrada y de un audio que en los sectores más lejanos al escenario falló varias veces. También sufrieron eso Vendetta y Reytoro, las bandas locales que fueron invitadas para abrir la noche.
Axl fue actitud y esfuerzo. Sin llegar al despliegue físico de su telonero -Sebastian Bach se ganó aplausos, comentarios y derecho a regreso por cubrirle las espaldas con oficio glam y revoleos de micrófono- fue enérgico en las canciones del irregular Chinese democracy y grande en los clásicos. Lo fue en la contundente trilogía inicial que comenzó a citar el disco Appetite for destruction (It´s so easy, Mr. Brownstone y, por supuesto, Welcome to the jungle) y también en los cruces con los trabajos Use your illusion. Sus nuevas canciones evocan varias veces un futuro que ya pasó, el del nü metal, y tienen baladas que junto a los solos para que Rose descansara, atenuaron la energía de un público que estaba parado hacía más de cinco horas. Sin embargo, las nuevas Shackler´s revenge y Better, fueron picos altos.
Pero en cada despegue, el público crecía. Pasó en Live and let die con las llamaradas acompañando la versión de Paul McCartney, en Nightrain y en Rocket queen, donde Rose forzó su voz oxidada por la inactividad y el descuido hasta quebrarla. Una renta alta para alguien que siempre vivió sus conciertos con alaridos disfónicos, algo que se comprueba en cualquier registro en vivo del grupo en los noventa.
Esa década apareció una vez más en You could be mine, la canción que musicalizaba a otro ícono: el Terminator II de Arnold Schwarzenegger. Ese Terminator estaba viejo y ya no era el mejor de su especie, pero garantizaba esfuerzo y hasta llegaba a provocar ternura. Al final, triunfaba. El jueves pasado, Axl Rose fue un poco ese personaje. Por ese tipo de cosas -y por haber liderado la primera banda de una generación que ya no escucha rock con tanta ilusión como en esos años- se fue como el divo que aún hoy logra seguir siendo.
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