JORGE ABBONDANZA
Aiko es una niña japonesa de 8 años, pero no quiere ir al colegio. Se queja de los malos tratos que ha sufrido por parte de otros alumnos y padece malestares en el estómago y accesos de angustia, como efecto de esa violencia. El problema es usual en el ámbito japonés de la enseñanza primaria, uno de cuyos síntomas es la frecuencia de suicidios infantiles. La situación no sólo trasluce los episodios de agresividad entre niños, sino también la peculiar severidad de los métodos educativos que debe sobrellevar el alumnado.
Pero el caso de Aiko asume otro relieve, porque ella es la única hija del príncipe heredero Naruhito y su esposa Masako, cuya imposibilidad de procrear un varón ha desatado revuelos en la prensa y crecientes debates entre los analistas de una tradición dinástica que no admite a las mujeres como herederas del trono. Ante ese panorama que resulta irreparable (Masako ya tiene 46 años) parecen abrirse dos soluciones. La primera consistiría en que Naruhito renuncie a su derecho de ser emperador y ceda ese privilegio a su hermano menor Akishino, que tiene un hijo varón. La segunda podría depender de una decisión parlamentaria que modifique las normas de la sucesión monárquica, permitiendo que Aiko reciba el título de emperatriz al morir su padre.
Actualmente, el monarca es el abuelo de esa niña -Akihito, de 76 años- que ha preservado celosamente los rigores de la etiqueta imperial. Parte de ella radica en el hermetismo con que la familia defiende su intimidad, un muro a través del cual se filtran muy pocas cosas. Una de ellas fue la crisis depresiva de la princesa Masako, que se prolongó siete años y se atribuye a las feroces presiones para que engendrara un heredero. Otra fue la rebelión de Aiko negándose a asistir a la escuela, dato anunciado públicamente por un alto funcionario del palacio. Esa infidencia resultó insólita, dada la impenetrable discreción con que la familia maneja sus cosas, pero la divulgación puede ser un signo de que los tiempos cambian.
El linaje de los soberanos japoneses es el más antiguo del mundo y cuenta ya con 2.500 años de continuidad, lo cual significa que los fundadores de la dinastía eran contemporáneos de Pericles y de Sócrates. Por eso cuando Aiko se niega a ir a la escuela y su madre decide acompañarla para darle ánimo, el problema doméstico y su reguero de chismes se convierten en un capítulo de Historia Patria, a la sombra de los antepasados que durante tanto tiempo supieron mantenerse en el poder sin caer jamás de allí, ni siquiera barridos por los cataclismos de Hiroshima y Nagasaki. Porque un país como Japón, que ha dado innovaciones espectaculares en materia industrial y tecnológica, tiene en varios sentidos una cultura inmutable, desde los estilos teatrales o las formas de la arquitectura y la indumentaria, hasta los almidones de esa monarquía donde una niña ha dado la nota discordante. Habrá que seguirle la pista.
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