MATÍAS CASTRO
Cuando este martes Natalia Oreiro presentó en Buenos Aires su última colección de ropa, una de las invitadas destacadas en el evento era Graciela Alfano. Infaltable. Un día después, la prensa argentina especulaba con el posible reencuentro de Alfano y el estadounidense Lorenzo Lamas, con quien supuestamente había coqueteado hace varios años. Y unos días antes, se informaba que volverá a estar en el jurado de Bailando por un sueño, junto a Aníbal Pachano, cosa que hace esperar peleas más estrambóticas aún de las que ya se vieron. "Si se vuelve a meter conmigo, le va a ir peor que antes", dijo Pachano al menos en dos entrevistas, con respecto a cómo veía el hecho de volver a estar cerca de ella.
Graciela Alfano, creo que ya se dijo en columnas anteriores, tiene 61 años y no los aparenta. No solo por cuestiones físicas, sino por su actividad mediática sustentada en la nada. Moria Casán tiene casi la misma edad que ella, es más joven apenas por unos meses. Es casi tan mediática o más que Alfano, pero al menos su presencia en la televisión se sustenta en el resto de sus trabajos, y no solo en su nombre y cirugías estéticas.
¿Qué representa para nosotros el nombre de Alfano? Por empezar es la imagen de una mujer que no deja de aferrarse a la que tenía cuando era joven, trabajaba mucho, y deslumbraba sin necesidad de escudarse detrás de un cirujano plástico. Ciertamente era una modelo muy bonita en sus años mozos, y probablemente ella los vivió con especial deslumbramiento y confianza en sí misma. Me pregunto si en sus años de juventud, supongamos que a comienzos de la década del ochenta, tenía temor a su propio ser del futuro, es decir, a lo que vemos hoy. Me pregunto si esa es la razón por la que, con los años desarrolló su afición por mantenerse cada vez más parecida a su imagen de esos tiempos. Y me pregunto qué otra modelo y vedette joven sentirá miedo de su propio futuro y se preparará para intentar tener a los sesenta la imagen que tenía a los treinta.
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