CLAUDIO FANTINI
Mendeleiev encontró en un sueño lo que infructuosamente había buscado en la vigilia: el orden de su tabla periódica de elementos. Lula da Silva busca en la vigilia dos de sus máximos sueños: el primero es que Brasil se sitúe junto a los países centrales en el escenario internacional, o sea que además de potencia económica sea una potencia política. El segundo es que, al dejar el Planalto, pueda convertirse en secretario general de la ONU.
El gigante sudamericano ya está en condiciones de pelear por un escaño permanente en el Consejo de Seguridad, pero para los sueños que Lula convirtió en objetivos, un examen indispensable es la mediación en relevantes conflictos. Por eso en Israel reclamó un lugar protagónico en la búsqueda de solución al conflicto.
Suena a pretensión desmesurada. Nada menos que ese nudo gordiano que llevan décadas intentando desatar los cuadros diplomáticos de las principales potencias, es lo que Lula se ofrece a resolver. Quizá sueña con un éxito como el de Carter cuando Sadat y Beguin firmaron la paz entre Egipto e Israel. O una foto como la de Clinton auspiciando el apretón de manos entre Rabin y Arafat. En todo caso, parece una meta inalcanzable.
Itamaratí es un sello de calidad diplomática, pero el Oriente Medio es un laberinto que está demasiado lejos de su experiencia. Un conflicto devenido en cuadratura de círculo desde que la muerte de Ariel Sharon llevó el eje del poder a la alianza de la derecha dura liderada por el Likud de Netanyahu, el partido xenófobo de Lieberman y el Shas, la formación ultra-conservadora de los ortodoxos.
La aspereza del gobierno israelí quedó a la vista con la provocación al gobierno norteamericano que implicó anunciar ampliaciones en asentamientos, justo cuando en Jerusalén estaba el vicepresidente Joe Biden.
Brasil se postula para asumir semejante desafío, pero su tarjeta de presentación muestra un gran impedimento: la polémica relación que Lula estableció con el régimen fanático de los ayatolas iraníes.
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