ALEXANDER LALUZ
Nadie supo exactamente cuándo llegó. Varias especulaciones indicaban que su avión privado arribaría en la madrugada de ayer. Sin embargo, el misterio siguió generando versiones hasta avanzada la tarde.
Hoy ya no hay margen para las dudas. Axl Rose está en Montevideo, y a horas o quizás minutos de llegar al estadio Centenario para encender los motores de su Chinese democracy.
Después de las 21 poco importará que en su mesa no estuvo el melón cuadrado, aunque sí el resto de las exigencias del contrato. Todos esperamos comprobar si el exceso de peso afectará su performance escénica, o si la fuerza que convirtió a los Guns n` Roses en algo parecido a un mito se mantiene con cierta integridad -y dignidad-, aunque sólo veamos rugir con su bienvenida a la jungla a su controvertido líder.
Hasta ahora, la lluvia, los accidentes y algún episodio violento no han sido obstáculos para revivir el carisma rebelde de otrora. Durante su pasaje por Brasil, Axl Rose y su banda revirtieron con la muy anunciada parafernalia de efectos y rugidos roqueros los puntos en contra. No hubo con qué darles: el público llegó a enojarse por demoras y otros líos, pero no se negaron a la seducción eléctrica del show, al repaso de los viejos hits ni a los breves y efectivos discurso del hombre de la blonda cabellera.
Aquí en Montevideo todo está pronto para recibirlos. Las localidades más costosas -como las privilegiadas del campo A, justo frente al escenario, que valían $ 3.150- ya están agotadas. El resto, aclaró ayer a El País una fuente de la productora Belgrano, se siguen vendiendo a buen ritmo. La expectativa, agregó, es llegar a 30 mil personas. Una cifra récord que no sólo justificaría la altísima inversión local, sino la firma del pase de Uruguay "a las grandes ligas", esto es: sumarse a los destinos de otros espectáculos monumentales que están dando vuelta por el planeta. Y para ponerle nota a esta "súper prueba", indicó la misma fuente, estarán presentes los representantes de la empresa Time For Fun, encargada de la producción de este controvertido y excéntrico recorrido latinoamericano de los Guns.
Desde el pasado domingo, el estadio Centenario fue tomado por los preparativos de la inmensa infraestructura del escenario. Ayer llegaron los equipos de la banda, que completaban un contingente de más de 80 personas, entre técnicos, músicos y asistentes, para darle en las últimas horas de la jornada el toque final al marco tecnológico del show.
Nada parece estar fuera de control, incluso el manido tema de la seguridad. A nadie se le ocurriría ir esta noche a tomar mate al estadio, pero por las dudas, es bueno saber que no se podrá entrar con ninguno de los implementos clásicos de usados en esta infusión, como tampoco con otro tipo de bebida, ni con alimentos, grabadoras, filmadoras, cámaras fotográficas o pirotecnia. Para evitar cualquier potencial problema, además, el espectáculo contará con tres grupos de seguridad (uno de la productora Belgrano, la seguridad personal de la banda, más el apoyo de la policía), que estarán apostados en todas las puertas de acceso y dentro del estadio. Así son las altas exigencias puestas de esta gira: no está permitido nada que amenace al resto del público ni enoje al excéntrico Axl.
Ecos del norte. Días antes de este concierto en Montevideo, los Guns desembarcaron en Brasil e hicieron paradas en Brasilia, Sao Paulo, Belo Horizonte y Porto Alegre con el mismo plan: primero la actuación de una banda local (aquí los teloneros serán ReyToro y Vendetta), luego la del telonero oficial de la gira, Sebastian Bach, el ex vocalista de Skid Row, y como broche el embate de la Chinese democracy.
Las suertes de estos conciertos, ya se sabe, fueron dispares. La actuación programada en Rio de Janeiro tuvo que ser postergada para abril, debido a los daños causados en el escenario por las fuertes lluvias. Un espectador agredió con una botella a Axl, granjeándose la inconfundible ira del cantante y el protagonismo en la andanada de videos caseros que ya circulan por Internet. El camión que transportaba los equipos de Bach sufrió un serio accidente y eso provocó varios contratiempos, como la demora en el comienzo del muy reciente recital en Porto Alegre.
De esa noche de martes en la ciudad riograndense, los ecos críticos confirman muchas de las (pre) suposiciones. La demora de casi cuatro horas ofuscó al público. Pero tanto el ex Skid Row como Axl supieron dar vuelta el partido con impecable oficio. Se disculparon, arengaron a la masa y le dieron la recompensa esperada: mucho rock. El nuevo disco, lanzado en 2008, es el eje del repertorio, aunque los clásicos de los ochenta y noventa eclipsaron los estrenos en vivo y reconstruyeron la vieja magia escénica de los Guns. La adrenalina roquera estaría entonces intacta, y sacando muy buen partido de la novel sobriedad que parece exhibir Axl a sus 48 años.
La edad madura de un polémico héroe del rock
William Bruce Rose (Axl, para todos) no quiere saber nada con la prensa. Ni siquiera con aquella que se ha manifestado como incondicional a su música y a sus desplantes. Se irrita con cualquier referencia a sus "enemigos" (Slash era, al menos hasta no hace mucho tiempo, uno de ellos). Y no tiene empacho en enfrentar al público que se muestre hostil.
Justificada o no, su conducta sigue los caprichosos clichés de un rockstar. Y tiene buenos argumentos para justificarse. A mediados de los ochenta encabezó una de las bandas que más rápidamente se convertiría en líder de la escena musical. Appetite for destruction, de 1987, fue el salto consagratorio. Use your illusion I y II terminaron de consagrarlos. Mientras tanto, cada uno de los Guns n` Roses se esmeraba en llevar al extremo y a cualquier espacio público sus agitadas vidas personales, y una generación de jóvenes de todo el planeta los erigía en héroes o en el rito de iniciación a la cultura roquera. Fuerza, desafío, muchas buenas canciones, escándalos y radicales cambios anímicos definieron un estilo.
A mediados de los noventa, las crisis y los cambios en la banda sellaron un tiempo difícil. Gilby Clarke es despedido y en su lugar entra Paul Tobias, amigo de Axl. Surgen algunas disputas sobre derechos de autor. Y finalmente Duff McKagan, Matt Sorum y el virtuoso Slash deciden alejarse del grupo.
En 1998, después de cierto silencio mediático, Axl Rose decide volver a escena con un nuevo material. Allí comenzó lo que luego sería la era de la Chinese democracy.
Los Guns, completamente renovados y con su viejo líder como marca identificatoria. Y, a la vez, con una apuesta a los nuevos monumentos de la modernidad tecnológica: los mega recitales puestos a girar por todo el planeta.
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