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Hebert Gatto
Mujica como César, llegó, asumió y sorprendió, aunque todavía, mucho falta para que venza. Y vaya si sorprendió. Los análisis posteriores a la elección interna eran unánimes: el segundo gobierno del FA supondría la victoria de su fracción más radical. Del centro izquierda remolón y legalista se pasaba a la izquierda real, como entusiastamente lo proclamaban comunistas y emepepistas. Para todos, incluyendo los no frentistas, llegaba la hora de las transformaciones. Nadie sugirió que la "participación popular" (P.P.) que da nombre a la subcoalición tupamara, también podía leerse como "Pepe" y que quizás en esa personalización, en el tránsito del partido al hombre, a la moda en el mundo, podrían radicar las claves -y las incógnitas- de la orientación del nuevo gobierno.
Pasados escasos quince días la expectativa está instalada. Comenzó con el discurso de apertura del Presidente, un prolijo recordatorio de los límites infranqueables del capitalismo -impensable sin inversores, extranjeros y confiados- y continuó en sus posteriores intervenciones, alérgicas a la retórica populista y recalcando su vocación dialogal. La manifiesta voluntad de conseguir acuerdos con la oposición en políticas de estado y el nombramiento de comisiones a esos efectos, al igual que sus esfuerzos para integrar la oposición en puestos claves de la administración, fundamentalmente con funciones de control, son la mejor prueba de esa orientación. Una línea que parece diseñada para llegar a toda la ciudadanía soslayando el clivaje partidario que tanto distinguía la anterior retórica frentista.
Naturalmente que nada habilita predicciones seguras, por más que transitemos los inicios del gobierno electo, cuando normalmente se emiten señales respecto a su futura gestión. En cualquier caso los recelos y las ambigüedades en los análisis surgidos del propio seno de la izquierda, que en algunos casos llegan a la descalificación, parecen indicar que esta política no era la aguardada.
¿Significa que Mujica está alterando sus promesas preelectorales? Creo que no y que su actual discurso no es incompatible con ellas. Es cierto que el Presidente ha dicho muchas veces que sigue siendo socialista y que este que vivimos es un período de transición. Sólo que hay dos formas de concebir la transición. Una, evolutiva, tipo Chávez, en que todas las medidas están dirigidas a la paulatina adaptación al objetivo prefijado. Otra etapista, a la que adhiere Mujica, que considera el socialismo como la Némesis, la crisis terminal de un capitalismo hiper maduro y transnacionalizado, que en el ínterin resulta imprescindible transitar. Tal como Marx aconsejaba para la India británica. El tránsito no excluye la ejecución de políticas sociales que la historia ha probado necesarias, siempre que se armonicen con el crecimiento capitalista, es decir, "se respete lo macro".
Esta parece ser la concepción del Presidente, socialdemócrata en la práctica, socialista en su utopía finalista. Un socialismo "para cuando todos estemos muertos" como diría Keynes. Se verá hasta donde su entorno se la hace posible. Pero la oportunidad de una política sensata y consensual está planteada y sería erróneo desaprovecharla. La utopía, dejémosla a los dioses.








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