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En ningún otro momento de la historia las mujeres avanzaron como en el siglo XX. Saliendo de la rígida sociedad patriarcal del Novecientos, alcanzaron el voto en elecciones nacionales, la igualdad de derechos civiles, el ingreso a la carrera política y la presencia en cargos directivos del ámbito público y privado, mientras invadían masivamente el mercado laboral. Ese fenómeno cambió muchas cosas y acabó con la hegemonía masculina en casi todos los terrenos de la vida social, universitaria, cultural y empresarial, pero también modificó para siempre el medio familiar y la organización de una comunidad.
El formidable camino recorrido permitió a las mujeres de buena parte del mundo internarse en el siglo XXI con sus mejores armas en la mano. Ya es habitual verlas convertidas en jefas de Estado o de gobierno, ministras de gabinete, legisladoras, directoras de organismos internacionales, diplomáticas o capitanas de la industria. Sin embargo hay excepciones a ese campo de conquistas, porque los países fundamentalistas del área musulmana han preferido hasta hoy que las mujeres sean invisibles, reduciéndolas a un sometimiento, una segregación y una obediencia silenciosa que las obliga a cubrir todo su cuerpo con una indumentaria destinada a borrar su imagen, manteniéndolas en una condición de dependencia similar a la de los animales domésticos.
Un ejemplo extremo de ese oscurantismo se vivió durante los años de régimen talibán en Afganistán, pero ciertas violencias siguen vigentes en otros puntos del Islam. En Malasia, por ejemplo, dos tercios de la población son musulmanes y por lo tanto están sometidos a los rigores de la sharia, es decir la justicia religiosa. El año pasado, una madre de familia de 32 años fue condenada a recibir azotes por haber bebido cerveza. El 17 de febrero se informó que otras tres mujeres habían sido azotadas por haber mantenido relaciones sexuales extraconyugales, al margen de lo cual también fueron encarceladas.
En un mundo occidental que es el reverso de esas durezas islámicas, las mujeres siguen ascendiendo por la escalera de la participación. En Bulgaria, un primer ministro sensible a la presencia femenina en la vida pública, abre a las mujeres todas las puertas de acceso y así permite que encabecen el Ministerio de Justicia, presidan el Parlamento o sean jefas de gabinete. Actualmente, una búlgara se ha convertido en directora general de la Unesco.
Las mujeres de Noruega también avanzan. La mitad de los ministerios del gobierno están hoy en manos de ellas, pero desde 2003 rige además una ley de acuerdo a la cual el 40% de los cargos directivos de todas las empresas públicas o privadas debe estar ocupado por mujeres. Ese modelo noruego no es un caso aislado, pero tampoco Europa está sola en esa evolución. Porque América Latina es otro ejemplo al respecto: cada día hay más mujeres que ocupan (o aspiran a) la primera magistratura. E incluso en un lugar apartado de esos focos, como Camboya, se destaca la personalidad de una dirigente política que encabeza la oposición al actual gobierno y que en estos momentos prosigue una tenaz campaña electoral recorriendo el país en un bote a remo, por no tener acceso a la televisión ni a la prensa, que están controladas por las autoridades.
Esos datos se suman a la heroica resistencia de una activista de Birmania sometida a arresto domiciliario por la dictadura militar de ese país, para impulsar el aguerrido oleaje femenino que crece en el mundo contra viento y marea. Sólo cabe lamentar por el momento la suerte de las musulmanas en la esfera del integrismo, que representa un mundo inmovilizado ante los desafíos de la modernización, la tolerancia o el reconocimiento de ciertos derechos vedados por la tradición coránica. Ese penoso semblante se parece al espectáculo que ofrecían las sociedades europeas en la Edad Media, un milenio luego del cual la Cristiandad debió emprender el camino de una flexibilización que no fue breve, incruenta ni sencilla.








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