MATÍAS CASTRO
No había visto el programa completo de Ricardo Fort, ese seudo reality show llamado Fortshow, hasta el sábado. Citar al poeta Walt Whitman en este contexto farandulero parece pedantería, pero es inevitable pensar en el título del libro Canto a mí mismo, como el título ideal para ese programa. Y hasta ahí llegan los paralelos. En él Fort canta, muestra sus músculos, muestra los tatuajes, habla a cámara vestido de gala, muestra a sus hijos, filma las fiestas con famosos que se hace para sí mismo (al menos así parece lo que se vio). También aparece su madre en cámaras, aparece su casa y varias de las personas que lo rodean.
"A la gente le gusta la forma en la que vivo". "Le doy alegría a la gente, y eso no se paga ni con todo el oro del mundo". "Los artistas le damos alegría al público". "Cuando entré al salón todos me aplaudieron". Esas son algunas de las frases que se escucharon en el programa del sábado, probable repetición de alguna emisión de hace un par de meses.
Ricardo Fort tiene cuarenta años y, si bien antes era más o menos conocido en ciertos ambientes, su fama estalló el año pasado. Según él, o más bien, según su ego y su peculiar forma de entender el mundo, es un artista, un "bon vivant" admirado justamente por la cantidad de autos que tiene, por los lujos que se da y por las decenas de veces que ha viajado a Miami en avión privado. De él ya hemos escuchado hasta el hartazgo y también hemos visto más de lo necesario, pero el hombre se ha emperrado en mostrar más y más. De sus palabras se desprende que esa es su vocación, que vino al mundo para exhibirse y mostrar que puede cantar bien una canción de Sandro.
Unos cuantos se retorcerían en sus tumbas (o peor: se matarían para retorcerse luego bajo tierra) de escuchar el concepto que Fort y su público tienen de lo que es un artista. Es cierto que el mundo del espectáculo desfiguró mucho esa idea en los últimos 60 años, y la mezcló con la ocupación de "entertainer", pero a veces llega a extremos ridículos.
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