ALEXANDER LALUZ
La política exterior de Bush luce hoy como un signo polémico, sangriento, y aparentemente superado. Ante la revisión cronológica, sin embargo, la cercanía de sus etapas más cruentas resulta tan inquietante como sus efectos todavía visibles.
En el verano boreal de 2006, cuando aquella guerra estaba en un punto de crueldad sin retorno, un viejo líder de lejanas causas pacifistas decidió tomar cartas en el asunto. Entró al ruedo de las discusiones que entonces dividían a los estadounidenses, opuso su punto de vista crítico -y desacreditado por los argumentos de la lucha sin cuartel contra el enemigo- y, previsiblemente, se granjeó tantas adhesiones como enérgicas reacciones en contra.
Este señor era Neil Young, que para sumar fuerzas a su causa reunió a sus igualmente veteranos socios musicales: David Crosby, Stephen Stills y Graham Nash. El legendario cuarteto, -el mismo que la crítica (y la no-crítica) y el público recuerda por sus afiligranadas armonías vocales, las guitarras acústicas y la etiqueta "folk-rock"- volvía entonces a las rutas enarbolando la bandera pacifista. Para la gira se eligió un título que no dejaba ninguna duda sobre las intenciones: Freedom of speech. Esto es: libertad de expresión.
Todas las vivencias -las buenas, las penosas y las críticas- de esos conciertos quedaron registrados en un valioso documental titulado Dèjá vu, dirigido por Bernard Shakey, que no es otro que el propio Neil Young. Esta producción, que se verá el próximo sábado por la señal de cable Cinemax, contó también con la participación del periodista político y también corresponsal de guerra Michael Cerre, quien tuvo la misión de documentar las reacciones del público durante los conciertos.
A este material más los registros musicales en vivo, se sumaron para el documental las referencias históricas del cuarteto. En la edición final se construyó una trama donde se cruzan el pasado y el presente, convocados desde canciones, los relatos de los miembros del grupo, las consignas, el comportamiento del público (en el que no faltaron las adhesiones, los abucheos, los gritos reclamando la devolución de las entradas, los desconciertos) y el repaso por las noticias publicadas en medios impresos y audiovisuales. El conjunto recrea así un contexto histórico puntual, marcado por las guerras de Irak y Afganistán, las polémicas elecciones de 2006 en EE.UU., y agita una necesaria discusión sobre tópicos que trascienden lo coyuntural: soberanía, imperialismo, violencia, justicia, paz.
Dèjá vu, que ya está disponible en formato Dvd, recorrió varios festivales internacionales como Sundance, Berlín o San Sebastián, donde tuvo respuestas encontradas, al igual que en sus exhibiciones en circuitos comerciales. Algo previsible ya que su planteo excede lo artístico para constituirse en un manifiesto político y cultural: canciones como Teach your children, For what it`s worth, Ohio, la muy polémica Let`s impeach the President, ofician aquí de banderas que revitalizan el ya muy conocido posicionamiento de Young, Stills, Crosby y Nash.
HISTORIAS DE SIEMPRE. Sabido es que las tensiones entre sociedad, cultura, política y arte han sido temas de largas discusiones y han alimentado múltiples bibliotecas.
Lejos de las soluciones consensuadas (por fortuna, quizás), este fenómeno ha llevado a que melómanos, músicos y académicos pongan en juego una gama de preconceptos, habitualmente ambientada por las radicalizaciones y dogmatismos varios. De un lado, los que preconizan que la música, y en este caso la canción popular, no debe convertirse en un medio politizado. En la vereda de enfrente, otros sostienen lo contrario, también ubicando el tema en el plano del "deber ser". Y en el complejo degradé que dinamiza el continuo entre esos extremos, a veces también emergen posiciones que, sin conciliar opuestos en un lenguaje jugado a la corrección, dan algunas claves interesantes para entender el problema.
No hay forma de que el arte, sea cual sea, se desligue de su contexto, y concrete una utópica independencia. Enumerar ejemplos que podrían apoyar esta idea sería algo imposible. Pero baste recordar la historia cargada de tensiones político-culturales del Canto Gregoriano en la Edad Media; la intensa construcción del lenguaje y la estética del gran Beethoven y sus correlaciones con la situación social de su época; las vanguardias del siglo XX; las aparentes no definiciones políticas en las bailables canciones de Gloria Stefan. En fin, cualquier repaso siempre quedará incompleto. No obstante, todos vuelven sobre una dialéctica necesaria entre representación y construcción. El arte se erige como una proyección significante de una realidad, y por ese mismo proceso se convierte en un agente constructor de la misma. Por otro lado, la voluntad creativa puede hipersensibilizar esa dialéctica (el músico que decide volver explícita la intención de incidir en un proceso social o cultural) o anestesiarla en una búsqueda de neutralidad utópica.
En el caso de los Crosby, Stills, Nash & Young, la historia pasó y pasa por la primera posibilidad: tomar conscientemente a la canción popular como caja de resonancia de una idea metaartística. Esto estuvo presente desde los comienzos del grupo bajo el formato Crosby, Stills & Nash, entre 1968 y 1969, y tiempo después con la incorporación de Neil Young.
Por esa vía gestaron un estilo que se nutrió de los aportes del llamado folk, con su acervo de tradiciones musicales, y el rock. Las marcas distintivas ya son conocidas: las transparencias de las armonías vocales, la preocupación por el afinado tratamiento de las melodías, la impronta tradicional de las guitarras acústicas, el enriquecimiento de las texturas con la inclusión de timbres eléctricos. Materiales que sirvieron de medio para dejar documentada una influyente posición antibelicista y de fuerte compromiso social.
Compromiso: El film es un testimonio de las opiniones políticas y sociales de los CSNY.
Los portavoces de una generación
Tanto con el formato de trío (Crosby, Stills & Nash) como de cuarteto (Crosby, Stills, Nash & Young), estos músicos fueron reconocidos como las voces de una generación, además de una de las formaciones más potentes del mundo roquero. Canciones como Find the cost of freedom, Ohio, incidieron en un mundo convulsionado y los proyectos identificatorios de muchos jóvenes. La derecha estadounidense (era de esperar) los calificó de panfletarios y alborotadores. Cualquiera de estos colectivos tenían sus argumentos. El recordado disco que da título a este documental, Déjavu (1969), fijó definitivamente este perfil contestatario. Las canciones hacían explícita una posición contraria a la guerra de Vietnam, justo cuando la represión de las protestas en los Estados Unidos ya cobraban sus primeras víctimas fatales.
Pasados los años, la banda pasó por etapas muy inestables y otras de reafirmación, mientras que su integrantes apostaban sus fichas a las carreras como solistas. Pero en estas más de cuatro décadas con la música, los cuatro mantuvieron aquel compromiso pacifista de los sesenta y setenta, junto con el cultivo virtuoso de la forma canción y las emblemáticas texturas vocales. Un diálogo de cambios y permanencias que se convirtió en la razón de ser de este documental, y que se materializa en la frase de un veterano de Vietnam: "Esto es un déjavu. Una vez más, todo se repite".
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