JORGE ABBONDANZA
Tomen nota. El Subte Municipal está mostrando valiosas obras de Sergio Porro y Horacio Santos, que pueden ser visitadas de martes a domingos entre las 12 y las 21 horas.
Vale la pena bajar la escalera de la Plaza Fabini y recorrer el Subte, donde las tres muestras simultáneas que siguen habilitadas hasta el 4 de abril, tienen un nivel de interés nada común. En la diminuta Sala XXS (¿extra-extra small?) se pueden dar algunos pasos por la instalación de Ernestina Pereyra, una cueva casi genital con un solo foco de luz al fondo, cuyo recorrido está acompañado por sonoridades que se interrumpen a medida que el visitante se interna en ese conducto. Pero además de esa sugestiva propuesta, hay otras dos exposiciones que exigen mayor detenimiento.
En la sala mayor, las obras de gran formato de Sergio Porro incursionan en el engañoso candor de sus muñecas, enormes ninfas de brillante cromatismo cuyas estampas se ubican a medio camino entre Disney y la estética embalsamada de las Barbies. Es notable la destreza de Porro para inocular a esas figuras un sesgo perverso, que cubre no sólo variantes sexuales sino además detalles sacrílegos, como los estigmas que santifican el dorso de las manos en medio de la tramposa ingenuidad de esas criaturas. La iconografía que despliega Porro es espectacular y asimismo muy seductora, porque su puntería consiste en echar una mirada torva sobre el encantamiento de su universo personal, cuya formulación algodonosa el artista aprovecha para burlarse sarcásticamente, obligando con ello al contemplador a adoptar un distanciamiento reflexivo cuando enfrenta ese simulacro. En su actitud está implícito un enfoque crítico (sumamente disfrutable) sobre muchas apariencias sospechosas de la cultura popular de hoy.
Como si se ubicara en el reverso de los alardes pictóricos de Porro, el formidable dibujante Horacio Santos, cuyos trabajos ocupan la sala menor, se expresa en pequeña escala. La salvaje ironía del título de su exposición -"Gente en la Azotea"- alude a la locura, como producto de la experiencia que Santos recogió al presenciar entrevistas con gente internada en establecimientos psiquiátricos. Ese acercamiento a quienes han perdido la razón, lo impulsó a crear esta hilera de imágenes casi miniaturistas, admirablemente dibujadas, con ocasionales toques de color, donde su fauna muestra cabezas perforadas, cráneos que humean como volcanes, masas encefálicas en suspenso o visiones intencionadamente borrosas de la realidad, hasta fascinar al espectador con el resultado. En él interviene desde luego el virtuosismo del artista, junto al refinamiento de la línea, las sugerencias de cada tema, el ingenio para expresarlo y el afilado manejo del humor. La suma final es irresistible.
La extraordinaria calidad de la muestra de Santos (un artífice que merece figurar junto a colegas como Lanzarini o Larroca) se une al jacarandoso monumentalismo de las obras de Porro, para convertir en estos días al Subte en un punto de atracción que no debería saltearse ningún montevideano seriamente interesado en el arte visual.
Viejos frecuentadores del lugar pueden lamentarse de que esas salas municipales ya no dispongan del caudaloso público que tuvieron en el pasado, porque lo que exhiben actualmente reclama otro poder de convocatoria, hipotecado sin embargo por la escasa difusión que se presta a esas actividades.
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