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FRANCISCO FAIG
Hay por lo menos dos niveles de análisis para analizar la primera evolución del gobierno de Mujica: el qué se dice, y el cómo se plantea hacer lo que se dice.
El discurso ante el Parlamento el 1º de marzo sorprendió gratamente a los más escépticos porque Mujica fue a fondo en la socialdemocratización de su visión política nacional.
Visto en perspectiva comparada latinoamericana, el compromiso liberal y democrático de la izquierda uruguaya es formidable. Esa tranquilizadora referencia continental es tan extendida como poco rigurosa: en nuestra región, alcanza con negarse a reformar la constitución para perpetuarse en el poder para transformarse así en un paladín de seriedad institucional.
En una perspectiva más exigente, es innegable que uno de los graves problemas de nuestro sistema político ha sido que uno de sus actores claves, de formidable crecimiento electoral desde 1984, no daba certezas, siquiera discursivas, de compromiso con la democracia liberal representativa moderna.
No porque la izquierda planteara no respetar el resultado de las urnas o dar un golpe de Estado revolucionario. Sí porque ni siquiera decía estar dispuesta a renunciar a la tentación corporativa, a la reivindicación de una legitimidad distinta a la del voto secreto, y a la sustanciación en torno a un venerado colectivo "pueblo" de raíz populista. La izquierda fallaba en el qué de la política, desde la perspectiva liberal, que, como se sabe, es más grave y profundo que solamente ejercer el voto libre cada cinco años.
Ni la administración de Tabaré Vázquez (en el cómo), ni la candidatura de Mujica y el largo camino electoral hacia la Presidencia, despejaron las dudas sobre este asunto. Por eso el contenido del discurso ante la Asamblea General al momento de asumir fue tan esperanzador y positivo. Pero la política es hacer; importa el qué, pero también el cómo.
La prueba de fuego de Mujica es entonces dar coherencia a su discurso con el quehacer gubernativo. Y el problema es que allí, en la práctica, el convencimiento antidemocrático y antiliberal de la izquierda que lo llevó al poder sigue tan campante y sobre todo, tan decidido a evitar el camino de la social democratización y normalización en un sentido de modernidad y aceptación de los principios liberales democráticos.
Ley de educación que fortalece a las corporaciones en desmedro de los ciudadanos; reforma del Estado con persecución política a funcionarios simpatizantes de los partidos tradicionales: dos ejemplos en los que el discurso presidencial sigue alejado del cómo de la implementación de las políticas públicas.
No se construye un país de primera desde un cómo socialdemócrata timorato; simplemente, se lo barniza lindamente. Sin embargo, hay casos de coherencia en el qué y en el cómo de la modernización de la izquierda: Mitterrand y Felipe González, por ejemplo.
Dios quiera que el presidente Mujica siga esos ejemplos para asentar definitivamente un compromiso liberal y democrático nacional. Porque es el único camino que conduce a la prosperidad en libertad.










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