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Julia Rodríguez Larreta
Entre quienes conocen a Fortunato, más de uno puede que se pregunte si no le está pasando lo mismo que a ese personaje del humorista Kid Gragea. Porque se trata de un hombre con tendencia a quedarse dormido y soñar situaciones inimaginables, hasta que de repente, alguien lo vuelve a la vida real. A él y a los lectores. Entonces, podría ser un típico divagar de Fortunato, que el nuevo Presidente de los uruguayos, José Mujica, candidato triunfador del Frente Amplio, líder del MPP, el sector político que representa al grupo sedicioso de los tupamaros que intentó en los setenta, voltear al gobierno democrático de la época, (fatídica aventura que propició once años de dictadura militar), quien ganó las internas con el apoyo explícito del Partido Comunista, se manifestara en su discurso inaugural ante la Asamblea, de la manera en que lo hizo.
Haciendo énfasis en el respeto por el Parlamento y las instituciones; hablando de apertura económica, ortodoxia fiscal, mano tendida a los inversores y al capital; de la imperiosa necesidad de achicar y mejorar la "performance" del Estado, de cortar por lo sano con sus numerosos vicios. De atacar la exorbitancia de la burocracia, de terminar con el ingreso de funcionarios por amiguismo o concursos amañados; haciendo notar sus privilegios y resaltando que el sector privado fue el que realmente sufrió las consecuencias de la crisis económica del 2002 y no los empleados públicos. Un total de 256.017 personas. En el pasado gobierno la nómina creció en 22.000 cargos y si bien entre 2006 y 2007 fue en parte por la regularización de los contratos a término, no sucedió así con el aumento registrado en el 2009.
En esta ocasión, no ha sido un sueño más de Fortunato, sino que ha sucedido realmente. Sobre todo, es lo que se ha escuchado. Las declaraciones del primer mandatario sorprendieron favorablemente a esa parte de la población (52%) que en la primera ronda de la elección presidencial no votó por el Frente Amplio y hasta ha producido en algunos, un enamoramiento medio exagerado. Ahora, cómo cayeron estas palabras en el otro 48%, es otro cantar. El tiempo lo dirá, y también, si lo dicho se cumple y cómo.
Con todo lo rescatable que hay en el discurso del nuevo Presidente, aparentemente demostrativo de una sabia evolución de pensamiento que despierta deseos de creerle y apoyarle, tampoco se puede olvidar que no era ese su mensaje en la campaña. Por el contrario, al leer u oír buena parte de sus recientes manifestaciones, pareciera que quien las transmite no fuera Mujica, sino Lacalle, su anterior adversario en la contienda. Quien hablaba de la necesidad de disminuir el costo del Estado, de trabajar no "contra", los funcionarios sino "con" los funcionarios, (como acaba de decir el Presidente), para transformar el funcionamiento del aparato público. La caricatura de Arotxa, publicada en este diario, con un Mujica de cuyas mangas aparecían no sus manos, sino dos moto sierras, fue más que gráfica.
Una síntesis que dice mucho y recuerda como fue demonizado Lacalle cuando utilizó ese giro, para referirse a su intención de disminuir los gastos superfluos y el mal uso de los recursos que se da en la órbita estatal. Lo cual lleva a que el Uruguay sea poco competitivo en lo comercial, (no solamente de acuerdo al tipo de cambio) y que su costo sea un enorme peso, tanto para la producción en general, como para cada ciudadano en particular.
Es difícil que la gente tenga real conciencia de lo que le cuesta la obesidad del Estado, más allá de las molestias que causan los malos servicios, la multiplicidad de trámites o la suma de gravámenes que hay que pagar. Pero una nota informativa, aparecida también el domingo 8 en El País, ayuda a tener una idea más clara. De acuerdo a la investigación llevada a cabo, a cada trabajador uruguayo el Estado le cuesta por año, US$ 5.000. Y para hacerlo más vívido; el equivalente a un viaje de una semana a Disney, para tres personas, con todos lo gastos pagos. Pero no es cuestión únicamente de los impuestos nacionales, sino también de los municipales, a menudo desmesurados como en Montevideo, a pesar de las veredas y calles rotas, la suciedad, los hurgadores, las costosas patentes de vehículos y un largo etcétera. De acuerdo al trabajo realizado por el tributarista, Alberto Varela, la contribución inmobiliaria montevideana es 5 veces más cara que en París, diferencia que se repite en propiedades de US$ 50.000, como de US$ 200.000.
Esperemos por el bien del país, que Mujica se mantenga en esta actitud, que su gente lo acompañe y no haya doble discurso.










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