Leonardo Guzmán
El siglo XX comenzó con el Uruguay aun más dividido en la esencia del pensamiento que lo mucho que estaba fracturado políticamente, con sangre derramada en 1897 y 1904.
Sobre el hombre, la historia y el proyecto de vida, polemizaban visiones diametralmente contrapuestas. Unos fincaban la suprema esperanza en la ciencia y antes de saber quién era Nietzsche daban a Dios por muerto; otros proclamaban la fe como guía primera y última. Unos limitaban el pensamiento a lo que se ve y se toca, con positivismo recortado; otros afirmaban la metafísica. Por encima de la polémica se alzó la voz tenue y clara de nuestro Carlos Vaz Ferreira: si a la ciencia le recortamos toda metafísica, nos quedamos sin ciencia...
La disputa no estuvo sólo en liceos y facultades. Marcó las paredes de los hospitales al suprimirse los crucifijos, ascendió a la Constitución al separarse la Iglesia y el Estado y, al cambiarle el nombre a los feriados religiosos, quedó inscripta en los almanaques. El combate fue rotundo, pero no dejó bandos petrificados. En el Uruguay y el mundo -piénsese en los pedidos de perdón de los últimos Papas-, la Iglesia se hizo autocrítica y genéricamente protectora de la libertad de conciencia. A su vez el ideario laico -"librepensador"- acogió a diversas corrientes evangélicas y desarrolló la metafísica que estaba latente ya en el pensamiento enciclopedista entroncado con nuestra independencia. Hasta detrás del combate antibíblico que libraba Batlle y Ordóñez desde El Día, había una búsqueda mística, que se reflejaba en sus poemas juveniles y que tuvo testigos íntimos tan calificados como Domingo Arena y analistas tan nobles como Arturo Ardao.
Y eso -otra vez Vaz Ferreira- nos fue fermental, y nos dio un país de convivencia por fuera y meditación por dentro, donde hoy la búsqueda de lo Absoluto no se confunde con la autoridad de una institución ni el monopolio de una secta.
El siglo XXI también comenzó con el Uruguay dividido sobre el hombre, la historia y el proyecto de vida. Si impresionó tan favorablemente el llamado inaugural del Presidente Mujica a "pasar de la tolerancia a la colaboración, de la confrontación controlada a ciertos modos societarios de largo plazo" es porque todos sentimos que se contraponen por un lado un materialismo determinista y corporativo y por otro lado una idealidad personal y social que parte de la libertad individual y busca afirmarla.
Esa contraposición no está tan a la vista como las polémicas de un siglo atrás, porque los actuales menús electorales ya no los prepara el pensamiento militante en la polémica de prensa sino los asesores de imagen en cruza con los encuestadores, por lo cual hasta parece que las cuestiones de fondo no le importasen a nadie. Pero es una divergencia que va más allá de las proclamas socializantes o privatizadoras y atraviesa todo el espectro político. Subyacente ella en la conciencia pública, deberá resolvérsela con un esfuerzo reflexivo que genere una nueva síntesis nacional.
No llegará por retrospectos, charanga ni murga. Vendrá sólo si definimos juntos ideas claras desde las cuales vivir.
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