ALEXANDER LALUZ
Inteligencia, refinada sensualidad, puntillismo musical confluyen en dosis parejas en (casi) cualquier escena montada por Caetano Veloso. El miércoles, esas cualidades volvieron a fascinar al público montevideano en un show de múltiples capas.
Las incomprensibles complicaciones que signaron el ingreso al estadio Charrúa (colas interminables en todas las puertas, gente desorientada, información confusa sobre las ubicaciones), la consiguiente demora en el comienzo del concierto y los infatigables mosquitos fueron abatidos con el sobrio ingreso de la banda Cê y Veloso: una de las encarnaciones musicales más lúcidas del Manifiesto Antropófago (1928) del pionero Oswald de Andrade, pisaba otra vez suelo uruguayo para dejar sendas muestras de una obra tan diversa como intensa.
El repertorio y la estética de su último disco, Zii e zie (2009), fueron los ejes articuladores de esta actuación que abrió el juego a múltiples lecturas y sensaciones, a la vez que delineaban una hoja de ruta hacia el pasado musical del cantor de Santo Amaro de Purificacao.
Con ese marco, la indiferencia era imposible. Su mirada, sus movimientos, su voz interpelaban constantemente y reafirmaban una máxima tropicalista: todo se puede fagocitar y con un resultado nuevo fascinar luego a la imaginación. Algo que las artes sumidas en el afán por empatar la novedad con la corrección globalizada han marginado o sustituido por oportunos híbridos académicos.
Y aquí, relativamente cerca de nada, en un estadio que evoca una garra de rango mitológico, Veloso demostró que otra cosa es posible en esto de crear, mientras se reinventaba como voraz fagocitador cultural en la aparente sencillez minimalista. Él, munido de su voz (que a los 68 años sigue conservando los mismos agudos, el falsete y el controlado vibrato de otros tiempos) y su guitarra. Atrás, y parcialmente amparados por un ala delta como único objeto escenográfico, un poderoso trío: Pedro Sá en guitarras, Marcelo Callado en batería y Ricardo Dias Gomes en bajo y teclados. Tres jóvenes músicos adoptados como hijos por Veloso, que afilaron incisivos timbres eléctricos, bases rítmicas contundentes y llenas de swing, en arreglos absolutamente despojados.
El resto, o mejor aun: la totalidad del espectáculo, fue una acumulación de capas ensambladas por el ritual escénico. Lejos de recaer en la tan manida "fusión", esa conformación (o convivencia) multisignificante se nutría de la oposición y el reconocimiento en las fronteras, (bien) entendidas como zonas de fuerte pulsión simbólica y no como límites tajantes o meros separadores.
La voz absolutamente transparente de Veloso encastraba fluidamente en su clásica gestualidad fuera de moldes. Los movimientos de sus manos, brazos y piernas, los pequeños saltos, inflexiones a veces sorpresivas del torso, las corridas por todo el escenario a lo Jagger, componían un línea autónoma de sentido, casi circense, y en otros momentos se acoplaban a lo musical y poético. Pero ambas dimensiones, música y gestualidad, revivían en otro nivel, quizás más abstracto, general, el espíritu todavía vigente, interpelador, del Tropicalismo en la experiencia particular de Veloso. Para ello se diseñó una suerte de viaje por estaciones que intercalaban tiempos y cambios en su carrera. Allí estaban lo más nuevo (un par de canciones del disco, Cê, donde destacó la intensa Odeio; prácticamente todo Zii e Zie, desde el rítmico y minimalista Perdeu a Lobao tem razao, Base de Guantánamo, Tarado ni você, o la melodiosa Por quem); una rareza o sorpresa histórica: A voz do morto (que muchos recordarán por la versión que hizo con Os Mutantes a fines de los sesenta); y también un homenaje a Roberto Carlos junto a otros hitos de lejana data como Irene o Nâo identificado o las joyitas como Menino do rio, Forca estranha.
En otro plano, "atrás" en lo físico, pero muy "adelante" en lo musical, la banda Cê con el sello más minimalista, muy eléctrico, por momentos con punzante virtuosismo. Un universo de sonidos que devolvían una modernidad diferente, de cuño roquero e inteligente juego de timbres y texturas.
Tamiz minimalista
La economía sonora del espectáculo de Caetano Veloso atrapó por su sencillez y sensualidad. Pero debajo de esa superficie pulsaba una complejidad que se traducía en la sutileza de los arreglos y la performance milimétricamente pensada. De ahí, el artista y sus jóvenes socios dejaron, como dice el dicho, "toda la carne en el asador". Involucraron, interpelaron y conmovieron a los que buscaban lo más reflexivo de este arte, los que añoraban la emoción de los clásicos, hasta los que requerían la apelación a lo físicamente intenso, movilizador. En esa conjunción de aire minimalista, el nuevo disco, Zii e zie, no sólo perdió la mesura de su registro sino que abrevó de la historia y la condición de lo "velosiano": el espectáculo prácticamente integral.
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