Hernán Sorhuet Gelós
La coyuntura que vive nuestro país y la región debe tomarse muy en cuenta a la hora de planificar las políticas de desarrollo de los próximos diez o veinte años. Pese al impacto de la crisis en la economía mundial, no deben competir entre sí los promocionados objetivos de aplicar paradigmas de desarrollo sustentables y equitativos. El crecimiento económico, deberá estructurarse tomando en cuenta las necesidades sociales y la conservación de los ecosistemas y recursos naturales. De otra forma, habrá victorias transitorias y fragmentadas.
El calentamiento global -y su impacto en el cambio climático- se ha transformado en un enemigo de proporciones desmedidas para la humanidad. Enfrentarlo requiere de toda la imaginación, inteligencia y honestidad disponible, especialmente en los principales tomadores de decisiones del planeta.
En el ámbito local, la encrucijada que plantea la actual crisis socio-económica-ambiental le impone una responsabilidad adicional a los gobernantes, legisladores, autoridades, académicos, a las organizaciones sociales y gremiales, a los sectores productivo y académico.
Se deben tomar decisiones cruciales en materia productiva y energética, caracterizadas por los objetivos a largo plazo. Pero al mismo tiempo hay que aggiornar el sistema educativo a las exigencias de los tiempos que corren y a las necesidades de nuestro pueblo.
A diferencia de lo que sucedió hasta ahora la conservación de los ecosistemas -que significa utilización racional y sustentable- se posiciona en igualdad de jerarquía, como pilar en la elaboración de las políticas de estados básicas del país. Sobran los ejemplos para demostrar que la gestión del país y de la región, para resultar exitosa, debe ser integral y no fragmentada.
Como tantas veces se ha dicho, en las crisis suelen presentarse las mejores oportunidades. Y en eso estamos. En materia energética, Uruguay debe multiplicar los esfuerzos en desarrollar y utilizar energías renovables, que le permitan a la vez abaratar el funcionamiento del país, proteger la salud ambiental, mejorar su competitividad y la balanza comercial. Es un proceso paulatino de sustitución que no debe subestimarse. Los perjuicios y daños múltiples que produce el uso masivo de los combustibles fósiles deberían ser razón suficiente para tomar conciencia hacia dónde debemos dirigir nuestro curso.
No resulta nada fácil cambiar el statu quo, lo que incluye la manera de pensar y percibir la realidad. Si el precio internacional del petróleo se derrumba, en principio parece una excelente noticia. Sin embargo, no lo es por la sencilla razón que tal circunstancia aumentaría significativamente el consumo mundial de petróleo y gas.
Procurar la soberanía energética debería ser una búsqueda obsesiva, lo que demandaría realizar importantes esfuerzos para conseguirla. Incluirá estímulos fiscales y atractivas ventajas que atraigan la inversión privada y valoricen la pública.
Las decisiones que tomemos en los próximos años condicionarán la calidad de vida de las futuras generaciones de uruguayos.
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