María Julia Pou
En un nuevo 8 de marzo -que desde 1977 las Naciones Unidas lo ha fijado para conmemorar el Día de la Mujer-, nuestra reflexión será acerca de la vida de las mujeres. No de todas, puesto que en las distintas culturas la situación de muchas de ellas dista tanto de nuestras realidades occidentales que sería muy injusto que nuestra mirada pretendiera abarcarlas. Pero sí es buena costumbre la evaluación de la marcha de un camino que será largo -y a veces lento- pero inevitablemente exitoso.
En primer lugar, es importante destacar los avances que como género podemos exhibir: las mujeres nos educamos y trabajamos cada vez más, participamos en forma creciente de las diferentes manifestaciones de la cultura, la ciencia, el deporte y la política. En este último plano, crecen las congéneres que sienten el llamado del servicio público en sus múltiples vertientes. En occidente las vemos en los gobiernos regionales o departamentales, en las Cámaras de Representantes, en los Senados, y ya no es una primicia que haya una mujer en alguna presidencia. El juicios acerca de esas ocupantes del Poder Ejecutivo ya no se hace en función del género sino de su propia gestión. Y las hubieron buenas y malas, pues los vicios y las virtudes suelen aparecer al igual que en los hombres. Y esto es muy bueno para todos, especialmente para la vida democrática.
Pero también es preciso mirar el medio vaso vacío, no para contemplarlo y denunciarlo sino para que nuestras acciones presentes y futuras vayan en la dirección correcta. La feminización de la pobreza en nuestra América Latina es un hecho que no sólo nos duele sino que nos avergüenza. El abandono prematuro del sistema educativo es a la vez causa y consecuencia en el camino a corregir. El siglo de la liberación femenina se ha caracterizado por el cambio en la idea que las mujeres tenemos de nosotras mismas. El siglo que pasó fue contradictorio: las mujeres pasamos de no tener derechos a que fuera imposible que no se reconocieran. Ahora podemos votar, ser electas, ser consumidoras, podemos hacer compatible la igualdad y la diferencia. No se trata de romper con el pasado sino de reconducirlo, de saber que si algo pasa con las mujeres es algo que nos pasa a todos.
En este sentido nos permitimos expresar que quizás no hay crisis sino una mutación, no de una sociedad, sino de una civilización. De allí que la tarea que nos espera a las mujeres es de largo aliento, pero de inmediata iniciación. Se está produciendo un rearme vital de las mujeres: la presencia femenina en el trabajo, en las aulas, en la resolución de los problemas sociales, forma parte de la tarea colectiva. Las mujeres están entrenadas por la vida misma para entender, aceptar y asimilar el punto de vista del otro. Y lo saben hacer con suavidad pero con contundencia, preservando lo mejor de la herencia colectiva.
Y también importa que las mujeres puedan seguir siendo mujeres, quizás lejos del estereotipo del "eterno femenino" lleno de debilidades, pero huyendo de lo que se ha llamado la "masculinización femenina". Es decir, no creer que debemos desarrollar al extremo, las cualidades presuntamente masculinas.
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