MATÍAS CASTRO
En lo que tiene que ver con el mundo de la farándula, las fotos paparazzi suelen tener dos cotizaciones. O tal vez tres. Una es la que les da la revista o web que las compra, y es económica. Y la otra cotización corresponde al espectador, que paga por ella, o cliquea en Internet para acceder a verlas. Ayer, sin ir más lejos, se hablaba en esta columna sobre la divulgación de una foto que mostraba a Reese Witherspoon comprando una revista de decoración. Eso ocurrió la semana pasada y la imagen fue publicada en el sitio mexicano La Botana, y constituía un buen ejemplo de lo que podemos hacer al pararnos frente a una imagen así, de las que hay miles.
Sin necesidad de ser extremadamente curioso, es posible encontrarse con docenas de sitios web y revistas que se desviven por publicar constantemente imágenes de ese tono. Es por eso que los famosos, especialmente en países de economías más desarrolladas, suelen ser rodeados por enjambres de fotógrafos. En Uruguay esta tendencia se manifiesta sobre todo en diciembre y en la primera quincena de enero, cuando muchas celebridades pisan Punta del Este. En ese período solemos encontrarnos fotos que muestran al cantante de Metallica jugando con sus hijas en la playa o a Shakira rascándose la cabeza en la entrada de su casa. No hay tontería descartable en eso, lo que importa es tener una foto de la persona en cuestión, y es por eso que los paparazzi hacen guardias durante horas y días enteros a cientos de metros del lugar donde la celebridad de turno podría dejarse ver.
Podríamos decir que entre los paparazzi encontramos una tercera cotización para las imágenes. Probablemente la más alta, porque son ellos los que invierten mucho tiempo y sacrifican varias cosas para tener la mejor imagen posible de Shakira rascándose la cabeza. Visto así, fríamente, esto de la valoración de las fotos casuales es lo más banal del mundo. Pero hay todo un esquema alrededor de estas imágenes que les da un valor específico.
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