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Juan Martín Posadas
La transmisión del mando tuvo su punto culminante en el discurso del Presidente Mujica frente a la Asamblea General. Las opiniones que merecen tomarse en cuenta son coincidentes. No tiene mayor sentido repetir lo dicho por otros pero quiero aludir a un aspecto que, aunque lateral, creo importante. El discurso de Mujica no hizo lugar al pasado. Muchas cosas invitaban esa presencia, ¿no es cierto? Pero no se dio. Ni el pasado personal ni el pasado colectivo.
La ausencia de alusión al pasado personal es importante. El pasado de Mujica es un pasado tupa. Su presente, formulado en ese discurso, no contiene referencias a eso. Ni siquiera como recuerdo. No quiere decir que no lo recuerde, pero no lo introduce en el discurso.
En el entorno tupa, en ese mundo, el pasado tiene un lugar de destaque (por razones obvias). Allí queda el mito (en una proximidad incómoda con la autocrítica de los errores cometidos y el resultado (ninguno) de tanto sufrimiento (padecido e infligido). En muchos casos de personal de segundo escalafón el pasado cumple una función de sostén. Pero el discurso de Mujica estuvo limpio de alusiones a su pasado personal. Esto, si se coloca al lado de aquel espontáneo reconocimiento, la noche de su triunfo electoral, de que había cosas que le habían llevado una vida aprender (o comprender), da para pensar un rato.
El pasado existe, nadie puede disolverlo ni hacer que no sea lo que haya sido: las negaciones son mentiras (generalmente interesadas o autocompasivas). Pero el pasado se puede convertir o bien en obstinación que lo reinstaura o en aprendizaje que lo atesora como tal. Mujica dejó afuera de su discurso toda referencia o alusión a su pasado personal.
También dejó afuera las referencias al pasado nacional de ayer, el que todavía duele. Hay quienes lo han criticado por ello; a mí me pareció bien. Padecimos demasiado prolongadas consecuencias de una estrategia de salida (el acuerdo del Club Naval) que sirvió de tránsito pero malogró una inauguración.
Pero, más allá de eso, y sea por esa razón o por otra, el pasado se nos ha vuelto como pegajoso. Voy a otro ejemplo en un registro completamente distinto: la parte que podría llamarse artística de la transmisión del mando fue una réplica de la noche de la nostalgia. El que lo programó (ignoro quien haya sido) y muchos que aplaudieron en la plaza, muestran un corazón anclado en las décadas de los sesenta y setenta: la murga compañera, Larbanois-Carrero congelados en el tiempo, los Olimareños (que no iban a cantar juntos nunca más) y, como prototipo, la joven voz de Viglietti eternamente identificada con aquella invitación, tan escuchada y tan desoída, a desalambrar.
Que el discurso de Mujica ante la Asamblea General no haya hecho alusión ni a su pasado personal ni al pasado del país no debe pasarse por alto. Se trata de algo nuevo y de algo alentador para una sociedad que está gorda de nostalgia, empalagada de recuerdos (pero sin memoria), y embriagada de pasatismo. El futuro del Uruguay no lo va a traer de regalo Mujica como una especie de Papa Noel político. Lo tendremos que buscar y fabricar los uruguayos. Pero él podría habérnoslo complicado. No lo ha hecho. Al contrario.










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