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Rodolfo Sienra Roosen
El comentario del apoyo político del Presidente brasileño Luiz Inácio Lula Da Silva a la dictadura cubana, asombra. A esta altura de los hechos resulta hasta ridícula, por reiterativa, la condena al régimen de Fidel Castro continuado por su hermano Raúl. El Lula dirigente sindical de años atrás, de notoria extracción en la izquierda radical, pudo ver en la raíz de la revolución cubana -como nos pasó a tantos cuando el derrocamiento de Batista- el símbolo y ensueño del ideal de independencia.
Wilson, al darle la recepción en la Cámara de Representantes al entonces presidente Roa visitante del país, en uno de los discursos parlamentarios más emocionantes que le oímos y retenemos a memoria pura, hablaba de las aspiraciones de todos por "una América en la que resuene de océano a oceáno la voz del patriota Martí. Una América en la cual todos, hombres, mujeres, niños y ancianos tengan el derecho sagrado de decirle a sus gobiernos que sí, para acompañar sus decisiones, pero tengan el derecho mucho más sagrado aún de decirles en voz alta que no, para discrepar con ellos. Una América -y voy a citar las palabras más iluminadas de nuestras Constituciones que consagran la garantía del derecho de libertad- nadie sea obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe. Una América en la cual los hombres sean tan hombres como para que de ellos pueda surgir un puñado de guerrilleros de Sierra Maestra, que se levante contra una tiranía. Y estoy seguro que su patria habrá de integrarse, porque ella es americana, porque es heroica, porque es Cuba".
Pero aquella aspiración, que compartía todo el universo democrático, se hizo trizas en poco tiempo.
Lula se transformó en un gobernante socialista moderado, que levantó simpatías en todos lados, que hizo una gran Presidencia, que puso a Brasil a la altura de las grandes potencias que hoy lo miran con la importancia de un socio estratégico. ¿A qué demonios entonces fue a La Habana, no digamos a firmar acuerdos comerciales porque el comercio camina por otros carriles, sino a visitar a los Dictadores y acariciarles la espalda con su apoyo político?
Y justo además el día de la muerte por asesinato de Orlando Zapata, de lo que guardó un vergonzante silencio…
La Cuba de los hermanos Castro es la antítesis del Brasil de Lula. Allí la disidencia es delito, el gobierno se digita, a la oposición se le encarcela o se le mata, el derecho a la libertad no existe, el pueblo vive en la miseria de una economía ruinosa. En una palabra, la imagen de un país próspero y democrático ha ido alegremente a contraponerse con monstruos autoritarios.
Que hoy todavía hayan idealistas en el mundo que vean en los Castro algo que merezca otra cosa que rechazo, es de otro planeta. Que Chávez, Evo Morales, Correa, y asociados, se entiende.
Aquí todavía quedan algunos, y ojalá tengan razón quienes piensan que se está agotando el surtido -de lo que dudo- pero el Presidente de Brasil, no.
Salvo un rebrote inesperado de la vocación imperial del país…










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