ALEXANDER LALUZ
Es bien sabido que Beck no achica ante los desafíos. Y si son por partida doble, mejor. En este caso se trata de un proyecto ambicioso en su objetivo: grabar (en un día) una versión personal de un disco de estatura monumental.
El método es sencillo: juntar a músicos amigos en el estudio y tentar realizaciones (¿nuevas?) de factura sencilla, casi improvisadas. El primer emprendimiento fue con un clásico, un título fundacional: The Velvet Undergound & Nico. Y el último también fue con otro clásico, esta vez en un territorio de relieves poéticos: Songs Of Leonard Cohen, aquel legendario primer título del creador de Montreal que inauguró en 1967 una trayectoria de prolífica creatividad, y dejó canciones como Suzanne, Sister of mercy, So long, Marianne.
Entre los músicos que se plegaron a esta "locura beckiana" están Nigel Godrich, Devendra Banhart, MGMT, Jamie Lidell, Bram Inscore, Chris Holmes, Andrew Stockhdale, Joey Waronker, JMJ, Thorunn Magnusdottir y Giovanni Ribisi. Y el resultado, quizás previsiblemente, es tan desparejo como atractivo. El sonido áspero, cargado de expresivas suciedades de Beck, engendra versiones muy respetuosas, cargadas de sentido, aunque los aciertos arreglísticos e interpretativos por momentos naufragan en el apuro. Aun así, el mérito mayor es haber puesto (aunque sea indirectamente) en discusión musical un problema que usualmente se plantea de forma muy liviana en lo cotidiano, y que desveló tiempo atrás a la academia: la relación original-versión (o en algún caso, también el cover).
Desde la extensión masiva de los medios de registro y reproducción mecánica del sonido, el estatus de "original" se reserva para la primera grabación de una canción (ni siquiera entra en ella, por ejemplo, los demos que anteceden a la producción final). No obstante, ese registro no es el "empaquetamiento" final del hecho musical. Éste no es más (ni menos) que una entidad abstracta, como admite el consenso de una porción de la comunidad semiológica, que admite muchas, o tal vez ilimitadas, concreciones.
En ese sentido, este trabajo de Beck tiene muchos argumentos que abonan esta posición. La superposición de cuerdas, percusiones varias, y una parte vocal al borde de la desafinación y el grito "tan temido", resalta una sensualidad de aristas rugosas, tensa, envolvente de Suzanne. Nada de eso estaba en aquella introspectiva realización de su creador en 1967. En oposición, resulta mucho más contenida la notable Sister of mercy, en la que Beck y su gente se permiten algunos nuevos recorridos armónicos y tímbricos , o el sesentista abordaje de So long, Marianne. Dos interesantes hallazgos que dejan bien claro que la capacidad de Beck está a la altura de semejante riesgo creativo.
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