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En un libro de su autoría -"Ministras"- Blanca Rodríguez publicó reportajes a cinco mujeres que ocuparon el cargo en el pasado gobierno: una de ellas, Azucena Berruti, ex Ministra de Defensa Nacional al referirse ("V. El País, 24 de febrero, A9) a la situación de los militares presos, puntualizó: "tener a esos viejos enfermos presos, cocinándolos en el odio… no me gusta… es un acto de crueldad".
En reciente artículo, también publicado en nuestras páginas, escrito por Carlos Maggi el 21 de febrero, el autor, recordando la figura de Manuel Flores Mora narró uno de los últimos episodios de la vida del escritor y político uruguayo, que murió hace un cuarto de siglo clamando por la amnistía de los presos guerrilleros, algunos y alguna de los cuales hoy nos gobiernan. El Parlamento democrático, a pocos días de instalado la concedió.
En el clamor de Flores Mora, en el ánimo de los legisladores y de los partidos, estaba una sola y benéfica aspiración: la de terminar con un pasado infame y crear las condiciones que permitieran el reinado de la paz y la reconciliación entre los uruguayos para así poder mirar hacia el futuro y trabajar hermanados todos, codo con codo, sin odios y sin rencores, por la prosperidad del país.
Al tiempo hubo que solucionar el problema militar que implícitamente resolvieron al no tocar el tema los partidos políticos presentes en el Club Naval, aunque el Frente Amplio se negó a reconocerlo. Por ello, y también con la misma intención pacificadora, fue necesario que en el Partido Nacional -precisamente ausente del Pacto- sacrificando réditos políticos menores en aras del interés superior de sostener una democracia que advenía con la debilidad del recién nacido, se accediera a una solución legal que con sus defectos pero sobre todo con sus virtudes, en lo inmediato cumplió esa finalidad.
Pero no pasó mucho tiempo sin que quedara en evidencia que buena parte de los uruguayos no querían romper con el pasado del país, y así fue tomando cuerpo el designio de hacer pagar sus deudas con la sociedad a los responsables del golpe de Estado y de las desapariciones y asesinatos de compatriotas, algunos caídos en la guerra terrorista, otros como consecuencia de la tortura y otros actos repugnantes de violencia. Se sucedió entonces una escalada de escarmiento y venganza, al amparo de Tratados ratificados por el país y nuevas leyes, y el intento de promover el mamarracho jurídico de la "anulación" de la ley de caducidad, lo cual rechazó el pueblo, en su segundo pronunciamiento de conformidad con dicha ley que ya en 1989, convocado a referéndum, había ratificado. Pero llegaron los tiempos de los juicios y encarcelamiento de jerarcas civiles y militares de la dictadura y ejecutores de sus órdenes.
No ingresaremos en la corrección de los fallos. Alcanza con dejar constancia que terrorismo hay uno solo, y su gravedad no es mensurable entre quienes se alzaron contra las Instituciones y quienes se valieron de ellas para delinquir. También, que el resultado del homicidio siempre es la muerte, y que no se justifica el perdonar a unos y solazarse con el castigo a otros.
La amnistía ha sido una constante tradicional. Basta con el testimonio de la obra de Pivel Devoto para demostrarlo. Acierta la Sra. Berruti, cuando considera un acto de crueldad el padecimiento de gente que sólo puede esperar ahora de la vida, que llegue la muerte, aunque recién ahora lo manifieste.
Contra esa crueldad, se justifica un acto de piedad para aquellos que agredieron la sociedad que los condenó, y bien puede ser que esa piedad sea para "esos viejos cocinados en el odio", el aleccionamiento que necesitan para limpiar su conciencia y purgar sus culpas. Para aquellos cuya vanidad les borra la inteligencia, el saberse perdonados es la peor humillación.
Queda la interrogante de si pedir este gesto de grandeza no será demasiado para el gobierno que se estrena, a cargo de quienes recibieron en su tiempo, el generoso perdón de sus delitos.
Porque nunca se arrepintieron…










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