A. LALUZ
Pasadas las 21 horas, las más de 25 mil personas que colmaron el estadio Centenario, no podían esperar más. Cumplieron con la espera y la expectativa estaba en su punto más candente. El más mínimo juego de luces, la aparición de algún técnico en el escenario, las imágenes que se proyectaban en la pantalla, eran motivo suficiente para disparar estruendosas oleadas de gritos.
Al final, la espera terminó y un estallido sonoro, visceral acompañó el video clip que marcó el inicio del concierto, y luego la cuenta regresiva desde el quinto piso con la proyección del descenso de un ascensor en la pantalla ubicada al centro del escenario. La aparición del hombre de las cuatro décadas fue en sentido contrario: una plataforma lo elevó al punto más alto de la escenografía hasta dejarlo en el punto más erotizado y anhelado por sus legión de admiradoras. Estaban todas. Y todas dispuestas a dejar roncas sus gargantas con tal de seguir, verso a verso, gesto a gesto, cada canción.
No hubo sorpresas. El planteo escénico y las interpretaciones musicales fueron por los previsibles tópicos arjonianos, y el edulcorado elogio al nunca bien ponderado melodrama. Amores y desamores, encuentros y desencuentros, experiencias cotidianas llevadas hasta el estereotipo, variopintos personajes urbanos, cobraron vida en un show que recorrió tanto el material de 5to. piso, su último disco, como todo el repertorio de su frondosa discografía.
La generosidad del astro guatemalteco no hizo más que abonar el fanatismo confeso de la multitud. Un ahorro en materia de creatividad artística, y una apuesta mayúscula a la movilización de todo el imaginario romántico y erótico contemporáneos, que, evidentemente, sigue rindiendo en materia de popularidad y estimula el crecimiento de varias cuentas bancarias.
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