ALEXANDER LALUZ
Con un profesionalismo incuestionable, Ricardo Arjona llegó anoche a Montevideo, montó la abrumadora escenografía de su 5to piso en el Centenario y se puso al público en el bolsillo.
Para fanáticos o incondicionales seguidores su show colmó con creces todas las expectativas. Las más de 25 mil personas que colmaron la cancha, la tribuna Olímpica y un sector pequeño de la Ámsterdam cantaron sin descanso el extensísimo repertorio del cantante guatemalteco, demostrándole una fervorosa adhesión: quizás (o sin quizás) el mérito mayor del espectáculo.
Para lograrlo, había que conocer de antemano las reglas del juego. Y, por si alguno estaba distraído, luego de un largo set inicial de canciones (interpretadas sin parar), llegaron las explicaciones del caso: el show no tendría límites temporales, todos esperaban lo máximo del ídolo y él se aseguró que el resultado estuviera a la altura de la demanda.
Artísticamente, el show recorrió todos los lugares comunes que pueblan la obra de Arjona, apoyado en una ambientación escénica que oficiaba de explícito juego con los clisés de lo urbano (semáforos, edificios, ascensores, bares, autos…). Si bien el pretexto de la gira es la presentación de su último disco, 5to piso, el programa se surtió con los hits de su frondosa discografía. Allí no faltaron las historias de desamor y abandono, de reencuentro, del joven que se emancipa y comienza a descubrir el "via crucis" el amor, el taxista seductor y, obviamente, las vivencias de (cualquier) señora de cuatro décadas. En fin, los tópicos que suelen anudarse con gran eficacia simbólica en las tramas más clásicas de las telenovelas de la tarde, reforzadas por la estampa de galán televisivo postmoderno que Arjona despliega sin agotarse en el escenario.
A nivel musical, la corrección y el profesionalismo fueron las notas dominantes, y a la vez los argumentos más fuertes para anestesiar cualquier intento de "sorpresa sonora". Los arreglos instrumentales, muy bien pensados e interpretados por la numerosa banda, sostenían una voz sin valores descollantes pero que es, evidentemente, muy efectiva a la hora de movilizar las ruidosas y ardientes manifestaciones del sector femenino del público. Y quizás el "efecto Arjona" no sería tal sin ese tono casi monótono, muy cercano al habla —por momentos susurrada y en otros decididamente en (pseudo) grito desgarrado por el abandono o exaltado por el feliz encuentro amoroso— con el que va encadenando melodías muy previsibles.
Nadie puede discutir la llegada masiva que tiene Arjona. Lo que queda por analizar más a fondo son sus reales méritos artísticos y estéticos. Como compositor, sus virtudes se acotan a la oficiosa manipulación de estilos bien establecidos en la música popular, con sus consabidos efectos expresivos.
Y en el plano interpretativo, sin misterios: todo se agota en el cultivo de su imagen de seductor. Con ese piso mínimo, lo que suma valor a su propuesta es el elaborado tratamiento del imaginario romántico a partir de la hiperexacerbada superposición de clisés melodramáticos. Un pastiche que, como queda claro en las ventas de sus discos, la industria sigue capitalizando como principal fuente de ingresos.
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