RIcardo Reilly Salaverri
Ha asumido el nuevo gobierno nacional en medio de celebraciones que son notorias y eximen de comentarios. Quienes recibieron la espada en el hombro de las mayorías ciudadanas hicieron del fausto lo que sintieron adecuado. Tenían todo el derecho de hacerlo.
La República viene de pasar años de esplendor económico inusitados. Probablemente nunca conoció en su Historia cosa igual. Una parte gravitante provino de los hechos internacionales y externos -precios internacionales de nuestros productos de exportación de opereta, inversiones extranjeras en agropecuaria, forestación, actividad portuaria, turismo, etc.- que son definitorios en el destino de un país materialmente pequeño. Otra, igualmente gravitante provino de los nobles cimientos a los que el oficialismo tuvo la irreverente e inmerecida calificación de tildarles como "herencia maldita". Nada bueno hubiese pasado si el país no luciese la invicta estampa de una sólida confianza política, económico, social y cultural internacional construida desde el advenimiento de la democracia. Aquí revistan el cumplimiento de los compromisos económicos y financieros internacionales, aún en las circunstancias más adversas, la apuesta a la institucionalidad republicana sin claudicaciones, el ataque frontal a la pobreza abatido cuando la crisis brutal del 2002, y una pléyade de emprendimientos y obras, que sabido es contaron siempre con la oposición del conglomerado electoral que fue gobierno en el pasado período de administración nacional consititucional y lo será en el que viene.
Vivimos otro tiempo. Cada generación que ha nacido y nace, en los más de 40 años de civismo que algunos llevamos puestos, amanece a la vida en medio de cambios tecnológicos continuos, que transforman los hábitos de vida y en el de una descomposición del entorno familiar y pestes como la droga, que multiplican la delincuencia, sacuden el día a día y convocan a lo incierto ahora, y el día después.
Vivimos -como generación democrática- el padecimiento caotizante de los embates del terrorismo y el comunismo que quisieron hacer del Uruguay un apéndice soviético y castrista. La ruptura institucional que le siguió y la reimplantación de la democracia que supo de perdón para quienes iniciaron la aventura subversiva y de revancha para con las fuerzas armadas y policiales, que sin que mediase su intención expresa, se vieron inmersas en un conflicto que les llevó a caer en el episodio del autoritarismo, con excesos no distintos de los que la propuesta disolvente desarrolló en la nación.
Muchos han querido hacer de la venganza tema inmortal.
De la asunción presidencial reciente rescatamos: la apertura del gobierno a la coparticipación de las fuerzas opositoras en parte de la gestión de los negocios públicos.
El espíritu de reconciliación que ha expresado el Presidente Mujica. La presencia conjunta ante el mundo de los ex presidentes republicanos en un gesto que engrandece al país. Y, la sensación de que en el nuevo tiempo que viene será posible mirar hacia delante y dejar el pasado ominoso definitivamente atrás.
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