CLAUDIO FANTINI
Parece el escenario devastado que Cormac McCarthy retrató en "La Carretera". Chile evocó esa novela inscripta en la mejor literatura sobre los abismos de la condición humana. O mejor dicho, sobre la irrupción del homo hominis lupus que describió Hobbes para justificar la existencia del "leviatán". Ese hombre lobo del hombre irrumpe inexorablemente cuando una sociedad queda en la desolación y a la intemperie del Estado.
Entre los escombros de ciudades y aldeas trasandinas, muchos desesperados saquearon supermercados con el mismo afán protector de los suyos, aunque el caos también potenció el accionar de vándalos y oportunistas. Es inevitable que en los escenarios de la desesperación y la intemperie, irrumpa el predador.
Frente a esas imágenes abrumadoramente contrastantes con la imagen que Chile tan sólidamente construyó en las dos últimas décadas, hubo dirigentes, intelectuales y periodistas que no contuvieron la tentación de acentuar la crítica a las demoras en los rescates y distribución de ayudas, así como a la lentitud para generar organización y restitución del orden. Esos pocos críticos apresurados que dispararon contra la reputación chilena desde todos los puntos de la región, parecieron predadores de similar calaña a la de los saqueadores de viviendas y de los que de las tiendas y supermercados sacaban televisores y licuadoras. Al fin de cuentas, actuaron desde el mismo instinto.
Por cierto siempre hay cosas que cuestionar. Principalmente la consecuencia de un erróneo informe de la Marina, que situaba el epicentro de modo tal que descartaba riesgos de maremoto. Pero a esa altura aún era imposible verificar la ineficacia gubernamental que desnudó el huracán Katrina, o la abyecta corrupción del gobierno derechista de Antonio Saca en la distribución de ayuda tras el sismo en El Salvador.
En Chile no sólo hubo un megasismo de dimensión territorial y destructividad inimaginables, sino que ocurrió en el peor momento político para una efectiva reacción gubernamental: con un gobierno haciendo las valijas y el otro sin desempacar.
Lo que ocurre es que, desde ciertas posiciones políticas, los éxitos conseguidos por Chile resultan insoportables. Entre esos éxitos se destacan la despinochetización de la sociedad, la modernización del Estado, la disminución de la pobreza y el crecimiento de la economía casi hasta la antesala del desarrollo. Semejantes logros molestan al conservadurismo ideológico de la región, porque en definitiva la artífice es la centro-izquierda que ha gobernado los últimos veinte años. Pero también a los regímenes nacional-populistas y a las izquierdas clasistas de distintas graduación en la escala del chavismo.
La centro-izquierda chilena ha sido esencialmente liberal en lo económico, opuso el diálogo a la confrontación en lo político y en estas dos décadas no propuso a Cuba sino a Nueva Zelanda como modelo de inspiración.
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