Antonio Mercader
José Mujica asumió la Presidencia de la República en medio de una envidiable demostración de entusiasmo popular. Un primero de marzo cuyo protagonista fue de menos a más como si su examen más difícil hubiera sido el del comienzo, en el Parlamento, ante los legisladores, y el más fácil el de plaza Independencia, junto a la gente.
En efecto, su discurso en el Palacio Legislativo fue conceptual, pero de escasa vibración e interrumpido unas pocas veces con aplausos, cosa rara en estos actos en donde las palabras del presidente entrante suelen ser ovacionadas de continuo. Entre sus puntos débiles estuvo la apelación a una "Patria Grande" en la cual estaría inserto el Uruguay así como una inoportuna alusión a los presuntos errores cometidos por los partidos tradicionales. Los puntos más altos fueron los párrafos dedicados a marcar prioridades: la educación por encima de todo, más la energía, el medio ambiente y la seguridad pública.
"Patria para todos", clamó al final en una evocación del lema tupamaro, sólo que en vez de agregar aquel intolerante "o para nadie" del pasado, le añadió un "y con todos" más democrático.
Sus menciones a Nueva Zelanda y Dinamarca como posibles modelos así como la ratificación de su fe en el Mercosur "hasta que la muerte nos separe", fueron las más resaltadas por la prensa extranjera.
En plaza Independencia, Mujica repitió algo que había insinuado en la noche de su triunfo electoral: hablarle al pueblo uruguayo de tú, como si fuera una persona, un ente corpóreo con el cual se comunica ("Sabés una cosa, pueblo…", empezó). Allí, en tono solemne, formuló la que fue quizás su principal promesa, un plan para reducir la pobreza en un 50% en el próximo quinquenio.
En ese, su segundo discurso, Mujica hizo recordar al chispeante candidato en campaña que a fines de noviembre "tocó el cielo con las manos" y que ahora, ante el peso de las responsabilidades asumidas, se dirigía camino "al purgatorio", según dijo con humor. Se emocionó varias veces, entre ellas cuando presentó a un cañero de Artigas ubicado en el estrado a quien describió como el militante anónimo que trabaja por una causa sin pedir nada a cambio ni para "acomodarse".
Fue relevante que ratificara una política de mano más tendida hacia la oposición que la de su predecesor, Tabaré Vázquez. Sus referencias al sistema democrático y las libertades esenciales fueron tan bien recibidas como la advertencia que dirigió mirando a la multitud que lo vivaba: "¡odios no!", exclamó. Un detalle sugestivo: en ninguno de sus dos discursos mencionó a los desaparecidos ni se detuvo ante los familiares que lo aguardaban a su paso blandiendo pancartas. Tampoco citó a Seregni.
Finalmente, hubo desfile militar pese a la polémica instalada por el nuevo presidente quien se sacó el gusto de llevar a Los Olimareños al pie de la estatua del prócer y entonar con ellos el "Don José" de Ruben Lena, su canción favorita. Fue el gran día de Mujica, el comienzo en olor de multitud de una gestión que concita grandes expectativas. Una gestión que ojalá esté a la altura de las esperanzas depositadas en ella.
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