MATÍAS CASTRO
La cuestión de los niños vinculados al mundo de la celebridad no es necesariamente nueva (los cinéfilos memoriosos recordarán los casos de Shirley Temple o Mickey Rooney unas cuantas décadas atrás), pero no deja de ser importante. En estos últimos días esta columna se ha centrado en un par de casos notorios de hijos de famosos que de alguna manera viven el reflejo de las mediáticas vidas de sus padres. Uno de esos niños es Mercy James, la hija adoptiva de Madonna. Y ahí está el punto escurridizo de todo este asunto.
No hace mucho, Raffaella Carrá habló en público incitando a que la gente patrocine niños de Haití a distancia. Intentaba apoyar un programa por el que cualquier persona puede donar 25 euros mensuales y así contribuir con las operaciones de ayuda en ese país arrasado por un terremoto en enero (no parece probable que el caso de Chile vaya a despertar una reacción similar de solidaridad de parte de las celebridades).
"Mi participación va más allá de la televisión", agregó Carrá. La cuestión ahí está en el cruce la frontera entre la promoción al activismo. Y para muchos, como para Madonna, Angelina Jolie e incluso (aunque parezca un disparate) Nicole Neuman, el activismo se refuerza con la adopción de un niño. Hay claras diferencias entre la iniciativa que promueve Carrá y la historia que puede haber alrededor de la adopción de Madonna en Malawi, un país de África prolífico en huérfanos.
La estadounidense ha sido una activa trabajadora por la causa de este país. No solo adoptó una niña allí sino que también ha impulsado la creación de una escuela, instaló una fundación y hasta produjo un documental para divulgar ante el mundo la realidad local. No se puede objetar esta obra, al menos en cuanto a lo que tiene que ver con la buena voluntad, y los reparos que unos y otros han planteado ya fueron tratados en columnas anteriores. De lejos, parece preferible el involucramiento estilo Carrá a la mezcla de vanidad y solidaridad estilo Madonna.
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