GUILLERMO ZAPIOLA
Falta exactamente una semana para que la Academia de Hollywood discierna sus premios anuales, y hay dos películas que se perfilan como las dos grandes favoritas. Irónicamente, una de ellas ("Vivir al límite") ya bajó de cartelera en Uruguay.
La cadena previa de premios (productores, Globo de Oro, Bafta y diversas asociaciones de críticos) sugiere que aunque este año la Academia deba optar por diez candidaturas a mejor film, seis o siete de ellas por lo menos son meramente testimoniales, y el duelo en la calle principal, estilo `western`, es entre la ciencia ficción de Avatar de James Cameron y el film bélico ambientado en Irak Vivir al límite, casualmente dirigido por Kathryn Bigelow, una de las ex esposas de Cameron.
Este es el párrafo en que habría que incluir un lugar común acerca de la lucha entre David y Goliat, o en todo caso actuar como tercero en discordia y empezar a discutir que en realidad quien merecería ganar es otro (Bastardos sin gloria, algunos podrían decir Preciosa), pero aquí no se trata de gustos personales sino de una evaluación de lo que puede ocurrir (está ocurriendo), y las razones de aquellas premiaciones y estas expectativas.
Hace ya unos cuantos años que Oscar dejó de ser, automáticamente equivalente de "popularidad": películas independientes, de presupuesto relativamente modesto, respaldadas por una promoción inteligente, han logrado derrotar más de una vez a los espectaculares "blockbusters" de la industria. Es cierto que la Academia pudo seguirse fijando (merecidamente) en espectáculos de gran aliento narrativo como El señor de los anillos, pero desde Belleza americana por lo menos ha estado prestándole atención también a títulos que han recibido elogios críticos aunque no han conocido una repercusión masiva. A vuelo de teclado surgen títulos como Secreto en la montaña, Buenas noches y buena suerte o Vidas cruzadas (en algunos de ellos se trata, admitámoslo de premios menores o solo nominaciones), que han logrado destacarse de todos modos de una forma inimaginable años atrás.
El duelo de este año parece bastante representativo del fenómeno, de los mecanismos mediante los cuales una película llega al público, y de por qué ahora un título "menos visto" tiene posibilidades de llamar la atención de la Academia.
Lo de Avatar no necesita explicaciones. Independientemente de que sea o no "gran cine" es, indiscutiblemente, Hollywood de gran nivel, un arrollador espectáculo que en dos meses se convirtió en la película más taquillera de la historia y que ya ha sido vista hasta por los pingüinos de la Antártida. Eso significa que también todos los alrededor de seis mil integrantes de la Academia, sus hijos, hermanos y parientes la han visto, lo cual no ocurre necesariamente con otras de las películas en competencia. Esa popularidad le otorga más posibilidades a la hora de una votación amplia, multitudinaria, democrática y con voto secreto como la del Oscar, que es probablemente el premio más honesto del mundo (cualquier jurado de festival tiene que llegar a acuerdos y negociaciones; seis mil votantes anónimos pueden ser manipulados por las emociones y la propaganda, pero no obligados a votar esto en lugar de esto otro).
Pero si Avatar es el Holly-wood supertaquillero, Vivir al límite se ubica dentro de ese perfil independiente, más minoritario, pero que logra abrirse paso. No va a ser nunca, probablemente, un film "popular". Casi todo crítico o aficionado exigente ha elogiado su tensión, su eficacia narrativa, su concentración sin desvíos en el asunto, su negativa a las facilidades. Y allí empiezan los problemas: ha sido rechazada por lo menos por dos sectores de público que hubieran querido que fuera otra cosa. No es una película de Rambo (lo que hubiera dejado satisfechos a los amantes del cine de aventuras) ni es un alegato antibélico, o al menos "anti-guerra de Irak" (lo que hubiera contentado a los "políticamente correctos"). No se plantea por qué sus personajes están en esa guerra: se limita a mostrarlos en acción (alguien ha creído incluso, equivocadamente, que los está justificando), y a sugerir que hay gente que va al frente porque le hace correr la adrenalina, y que esa gente está loca.
No fue popular pero la Academia la vio: un lanzamiento cuidadoso, críticas elogiosas, premios en festivales, una permanencia en menos salas pero que dio tiempo a que los académicos la vieran, jugaron a favor de Kathryn Bigelow. Siempre puede haber sorpresas, pero va a ser interesante ver las miradas que se lancen los ex esposos el próximo 7 de marzo.
Espectáculo que le gusta a su público
Se han dicho muchas cosas, a favor y en contra, de Ava- tar, pero incluso algunas de las objeciones pueden figurar entre las razones por las cuales se perfila como una de las películas favoritas al Oscar. No es una revolución en la historia del cine, ni una película que marque un "antes" y un "después" en casi nada excepto (y por cierto no es desdeñable) el terreno de los efectos especiales. Por todo otro concepto, el film de James Cameron es el viejo Hollywood clásico en todo su esplendor: un gran espectáculo que cuenta una historia, y que le gusta a la gente. Más de dos mil millones de dólares en taquilla lo demuestran.
¿Que está llena de lugares comunes? Es cierto. ¿Que parece un `western` en el espacio? También. Pero ¿por qué objetarle a un film de género que utilice convenciones de género? La película elige el terreno en que quiere jugar, y lo hace con enorme habilidad. Hasta se hace perdonar su costado sermoneador y espiritualista a la Deepak Chopra.
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