ALEJANDRO NOGUEIRA
Hace 25 años asumía el gobierno de la recuperación democrática de Julio Sanguinetti en medio del alborozo cívico, social y político. Las heridas que quedaban abiertas, la todavía ominosa gravitación militar, y un contexto internacional económico no demasiado favorable no empañaban demasiado la alegría de entonces. Se abría un gobierno con una coalición bastante sólida de los partidos tradicionales y con espacios para el Frente Amplio en importantes centros de poder.
El lunes uno de los dirigentes tupamaros liberados en la amnistía de 1985 asumirá la Presidencia de la República, lo que da cuenta de la extraordinaria vitalidad que mantiene la perfectible democracia uruguaya.
Asume José Mujica en un contexto económico moderadamente favorable, con algunas restricciones fiscales que asume a plenitud, redundante en mensajes positivos hacia los empresarios -a los que se los ve confiados y conformes, salvo al empresariado local, que espera más mandobles sindicales-, con un elenco económico respetado por los agentes financieros bancarios e internacionales. Están en curso con razonable éxito (aunque sea parcial), comisiones interpartidarias sobre algunos temas relevantes y luce encaminada la coparticipación de los partidos opositores en diversos cargos públicos. Las primeras rondas de relacionamiento gobierno-oposición parecen auspiciosas y las partes se muestran esforzadas en evitar tropezones o zancadillas.
En suma, un cúmulo de factores positivos que permiten columbrar un arranque de administración bastante armoniosa, un contexto de crecimiento, y la formulación -al fin- de varias políticas de Estado, esa receta que le ha resultado tan exitosa a países como Chile, Irlanda o Nueva Zelanda. Para quien ha vivido la historia uruguaya del último medio siglo, la coyuntura es como para pellizcarse.
Las alegrías de 1985 fueron dando paso a toda suerte de conflictos, confrontaciones políticas, componendas y excesivas tolerancias institucionales. El vigor opositor del Frente Amplio creció, trabó o salvó al país (según se mire) y, finalmente, se transformó en gobierno. Ni temblaron las raíces de los árboles, ni la sociedad se enfrentó, ni cambió sustancialmente la distribución de la riqueza, ni se echaron bases para una prosperidad que no dependa del viento externo. El de Vázquez fue un gobierno amable en general, suavemente progresista, nada revolucionario, sano y conservador en lo económico. Uruguay sigue siendo un país respetado; no se despeñó en el populismo ni fue cipayo. Desde el lunes habrá otro presidente de izquierda -otro- un Frente Amplio con una nueva realidad interna, para desplegar una administración bajo los mejores augurios.
No podrá olvidar Mujica que las fervientes adhesiones que concita en gran parte de la mitad de quienes lo votaron tiene su yang en la otra mitad. No podrá olvidar ni Mujica ni su entorno que deberá contener su inquina hacia los sectores sociales medios y altos porque esa ideología no es la ideología del país. No se puede seducir en el Conrad y denigrar en la tribuna. Que los soles de hoy no se transformen en nubes de tormenta depende de todos, pero mucho más de quien gobierna.
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