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 Miércoles 10.02.2010, 11:25 hs l Montevideo, Uruguay
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"Sólo tenía miedo de los tiburones"

Odisea. Relato de única sobreviviente de un accidente de avión ocurrido en junio de 2009

JIMENEZ BARCA | EL PAÍS DE MADRID

El 30 de junio de 2009, a las cuatro de la mañana, un avión a punto de aterrizar que viajaba desde Yemen a las islas Comoras se estampó contra el océano Índico, a una treintena de kilómetros del aeropuerto de la ciudad de Moroní, con 153 personas a bordo. Sólo hubo una superviviente: Bahia Bakari, una adolescente francesa que ahora tiene 14 años, muy tímida, buena estudiante, fan de los Jonas Brothers, habitante de la periferia parisiense, que segundos antes de que el avión se despedazara al estrellarse contra el agua, buscaba, inclinada sobre la ventanilla de su asiento, las luces de la costa. "Hubo una turbulencia y miré a mi madre, luego sentí una descarga eléctrica por todo el cuerpo y perdí el sentido. Después me vi ya dentro del agua".

Bahia, delgada, aparentemente frágil, cuenta su milagrosa historia con un hilo de voz, pero sin titubeos, sentada en la lavadora de la cocina de su casa de Corbeil-Essonnes, una localidad situada a una veintena de kilómetros de París. Su padre, Kassim Bakari, de 42 años, se encuentra al lado, atento a lo que dice su hija, a las reacciones de su cara, protegiéndola de todo, como ha hecho desde el día en que se enteró por un telefonazo urgente de que, tras haberla dado por muerta junto a la madre, su hija había sobrevivido al accidente.

Todo empezó el 29 de junio pasado, cuando Bahia y su madre, Aziza, partieron de viaje hacia las islas Comoras, el lugar en el que nacieron el padre y la madre de Bahia en la década de los sesenta. Los 1.300 euros de cada billete obligaron a seleccionar y el padre decidió que volaran sólo su mujer y su hija mayor en representación de los Bakari para acompañar a un tío que se casaba en una semana.

Llenaron una maleta entera con regalos franceses; otra con ropa de verano. Desde París volaron hasta la ciudad de Marsella; de Marsella, en otro avión similar, a Sanáa, en Yemen. Allí, la compañía Yemenia Airlines les cambió de nuevo de avión para la última parte del viaje.

UN AVIÓN "ATAÚD". El aparato, un viejo Airbus 310, sin permiso desde 2007 para volar en Europa por determinadas irregularidades detectadas por las autoridades aeronáuticas francesas y confinado a trayectos africanos menos exigentes, constituía lo que los comoranos, acostumbrados a esa compañía aérea, denominan `aviones basura` o `aviones ataúd`. Bahia lo describe a su manera:

"Olía mucho a water. Y había moscas dentro. No noté nada especial en el vuelo. Estaba muy cansada, muy aburrida. Llevábamos más de 14 horas de viaje desde París, en tres aviones distintos. Tenía muchas ganas de llegar. Recuerdo que me levanté para ir al baño, que volví, me senté y que las azafatas dijeron entonces que nos preparáramos, que íbamos a aterrizar ya. Ellas se sentaron en sus sitios y se ataron los cinturones. Las noté tranquilas. Yo me até el mío. Recuerdo perfectamente que me lo até. Miraba por la ventanilla, muy inclinada sobre el cristal, para descubrir las luces del puerto".

Entonces oye un ruido insoportable parecido al que hace una tela al rasgarse. Siente una suerte de aspiración gigante y una descarga eléctrica en su sistema nervioso que la deja inconsciente. El avión acaba de estrellarse en el mar sin que aún se sepa exactamente por qué. Nadie ha dado aún con las causas de este accidente, todavía con un juicio pendiente.

EN EL MAR. Bahia despierta en el agua. Bucea, sale a flote. Tose, escupe, grita. Nada unos cuantos metros. No recuerda el momento de caer, ni el golpazo contra el mar. Tan sólo el hecho de verse de pronto debajo de las olas. "Oí gritos de varias mujeres que pedían socorro cerca de mí. Me fijé por si venían a rescatarlas y luego a mí. Pero no pude orientarme. Luego todo se quedó en silencio. Vi cuatro trozos del avión a mi lado. Elegí uno con una ventanilla que era el más grande".

Trata de subirse a él, pero la plancha de metal no tiene superficie suficiente y se desliza por debajo de ella o acaba hundiéndose. Se resigna a quedarse recostada, con la cabeza y el torso apoyados en la plancha pero con las piernas sumergidas. Nota que el mar sabe a gasolina. Recuerda una noche cerrada y silenciosa. Siente que le duele el ojo izquierdo, que le pesan las piernas, que los pantalones vaqueros y los botines se han convertido de pronto en una condena, que no puede mover el cuello hacia la derecha, que le duele la cadera.

"Al principio no pensé demasiado en lo que me había pasado. Por la noche no reflexioné mucho. Tan sólo tenía miedo de una cosa: de los tiburones". Trata de no dormirse porque también tiene miedo de soltarse de la plancha y hundirse. Pero no puede evitarlo y se adormece, agotada, sin haber pensado aún mucho en lo que le acaba de ocurrir.

LLAMADA FATAL. Mientras su hija flota de noche en medio del océano subida a un trozo del avión con ventanilla, su padre, Kassim, recibe la primera de las llamadas angustiosas de esas horas. En París son entonces las tres de la madrugada, dos horas menos que en las islas Comoras. Una amiga francesa le pide que ponga la televisión en ese momento. Él obedece. Cambia de cadena, una detrás de otra, al no encontrar nada interesante: entonces repara en la leyenda roja de alerta que luce un canal de noticias, que informa en un teletipo escueto que un vuelo de Yemenia Airlines con destino a Moroní ha desaparecido de la pantalla de los radares hace poco más de una hora. El hombre permanece imantado a la televisión hasta que amanece. Entonces decide llevar a sus tres hijos pequeños a casa de su hermana y encerrarse en su domicilio a la espera de noticias. Hay familiares que acuden al aeropuerto, bloqueado por un grupo de hombres indignados también originarios de las Comoras que protestan por el estado de los aviones en que les obligan a viajar a Moroní.

Mientras, en la parte del mundo en la que Bahia vaga a la deriva, entre las islas Comoras y el continente africano, ha amanecido. Milagrosamente, Bahia, la adolescente delgada y de apariencia frágil, no se ha desprendido del trozo de avión que le sirve de balsa a pesar de su semi inconsciencia. No sabe cómo lo hizo, cómo lo consiguió: pero sigue viva, abrazada a la plancha metálica con ventanilla. Aún tiene en la boca el sabor metálico de la gasolina. Siente mucho frío. Entonces, a la luz de la mañana, con cierta lucidez, Bahia descubre lo sola que se encuentra en medio del océano.

"Pensé que yo era la única que había salido del avión. Que tal vez por inclinarme tanto para ver cómo aterrizaba me había caído, no sé cómo, a través de la ventanilla. Pensé que mi madre debía de estar muy preocupada en el aeropuerto, con los otros pasajeros, sin saber dónde estaba yo, por dónde andaba. Cuando recordé las voces de las mujeres que pedían socorro, que yo había oído por la noche, pensé que las había soñado, que eran una pesadilla. Era difícil saber lo que era un sueño y lo que no".

EL RESCATE. Con el amanecer, las islas Comoras se movilizaron para acudir al rescate de las víctimas del accidente. "Oía aviones. Luego me he enterado de que siempre era el mismo avión, que recorría la zona en busca de supervivientes".

Decenas de barcos buscan por el área acotada. A bordo de un pesquero, un marinero llamado Líbouna Selemaní descubre algo encima de una plancha de metal a unos cien metros de su posición. El potente oleaje le despista, pero luego vuelve a verlo. Da la voz de alarma, grita al cuerpo que se balancea a lo lejos. Le arrojan un salvavidas que se queda flotando cerca sin que la persona que permanece encima de la plancha se moleste en mirarlo. Da la impresión de que está muerta.

"Oí gritos, vi el barco de unos pescadores. Era ya después de mediodía. No recuerdo bien, porque yo me dormía y me despertaba agarrada a la plancha. Oí que me gritaban `ven` o `por aquí`, pero yo no podía hacer nada, no tenía fuerzas ni siquiera para levantar la mano. Estaba casi desmayada".

Selemaní se arroja al agua con un cabo de cuerda en la mano y nada hasta Bahia, que no recuerda ese momento. Le habla: `Tranquila, no te muevas. Te vamos a sacar de aquí`.

La arrastra hasta el barco. La izan. La refugian en el camarote del patrón. La ayudan a sacarse los botines, los pantalones. La envuelven en cuatro mantas. Tirita. Siente escalofríos. El patrón le hace una cura de urgencia en el ojo herido. Ella da su nombre y el de su ciudad a los pescadores. Pregunta por su madre, convencida aún de ser la única persona que se ha caído del avión y no la superviviente de un avión destrozado. Sin precisar mucho, le contestan que la espera en el aeropuerto. Le dan algo de comer y algunos vasos de agua azucarada. Después se duerme, exhausta, sin saber todavía lo que le ha ocurrido luego de haber flotado más de ocho horas a la deriva completamente sola y en silencio, aterrorizada por los tiburones de su imaginación y por la amenaza real de ahogarse.

Confirman hay joven con vida

La noticia de que existe un superviviente del monstruoso accidente de avión da la vuelta al mundo, al principio con un error. Alguien desde el barco comunica que han rescatado a una niña y alguien en el puerto entiende que se trata de un bebé. Han de pasar aún varias horas hasta confirmar que la milagrosa superviviente es una adolescente de 13 años, delgada, con nombre y apellidos, que vive en las afueras de París.

Ese es el segundo telefonazo de urgencia que recibe el padre de Bahia en menos de diez horas. Un amigo de las islas Comoras que le pregunta:

-Kassim, ¿cómo se llama exactamente tu hija, la del accidente?

En un libro publicado recientemente, "Bahia, la miraculé", la joven relata toda la historia al periodista Omar Guedouz.

El País Digital


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