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JUAN MARTÍN POSADAS
Los partidos políticos no pueden quedar reducidos a ser mera maquinaria electoral. Esta frase ha sido repetida miles de veces; ahora estamos en un momento clave para cumplirla.
El Partido Nacional -como todos- está actualmente enfrascado en la contienda de las elecciones departamentales. Sin embargo hay otro desafío, de singular importancia y cronológicamente previo a las elecciones que no le es indiferente ni menor. El 24 de febrero -prácticamente mañana- habrá otras elecciones: la elección, prevista en la nueva ley de enseñanza, para designar a los docentes que ocuparán lugares en el CODICEN y los Consejos Desconcentrados.
Hago una pregunta directa y sencilla: ¿qué tendrá mayor trascendencia para el futuro de la República, que el Intendente de Montevideo (o de Colonia, o Rivera, o Rocha) sea fulano antes que sultano, o que los gremios actuales de la enseñanza no copen todos los cargos que están en juego?
Así como la ciudadanía blanca espera que el Partido dé la lucha por las Intendencias, comprometiendo en ello talento (primero que nada) y recursos, así también es de esperar que no dimita y que dé la lucha y comprometa talento y dinero para que la enseñanza no quede completamente en manos del corporativismo, ahora que tiene una oportunidad de hacerlo.
El Directorio, en sesión del lunes pasado, asumió ese compromiso. ¡Enhorabuena! Lo mismo ha hecho la Secretaría de Asuntos Sociales.
Toda la dirigencia debería estar trabajando para lograr que el resultado electoral de febrero permita colocar en los órganos de dirección de la enseñanza algún docente ajeno al corporativismo, más allá de su filiación partidaria. Porque no se trata de aspirar a una docencia partidizada sino democrática, sin avasallamientos y laica de verdad.
Que la enseñanza está infectada por los corporativismos no necesita mayor demostración. Resulta tan claro para nosotros como lo es para aquellos frentistas que estuvieron de acuerdo con Astori cuando éste señaló el peso negativo de los corporativismos en la enseñanza.
Si los partidos políticos quieren mantener vigencia y recuperar prestigio no pueden limitarse a ser sólo maquinaria electoral, es decir, instrumentos para que los dirigentes sean elegidos a cargos (y los dirigentes tienen otras responsabilidades que meramente salir elegidos).
Los partidos han de ser atalayas de atención vigilante de los derroteros del país. El Uruguay, en cuanto a la enseñanza, se ha ido por derroteros de miseria y estrechez mental. Quienes han conducido la enseñanza, desde la política y desde lo gremial-profesional, lo han guiado así. Hay que rectificar.
Los partidos han de ser cantera de respuesta a las necesidades sociales. Pero las necesidades sociales están jerarquizadas: arreglar los baches de las calles (o cualquier otra tarea municipal) no está antes sino después que la educación.
El destino del Uruguay -y ese es el objeto de la política- se juega actualmente en variados y diferentes escenarios: el Partido que no lo advierta quedará jugando al solitario.
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