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FRANCISCO FAIG
Sean cuales fueren las ecuaciones municipales que se definan en mayo, el país se encamina hacia una década de gobiernos de izquierda con mayoría absoluta en el Parlamento.
Es un escenario excepcional en la Historia del país: hay que remontarse a 1950 y 1954 para encontrar elecciones en las que un partido político haya obtenido un respaldo electoral tan amplio en dos períodos electorales sucesivos. Eran los tiempos del poderoso Partido Colorado de Luis Batlle, frente a un Partido Nacional dividido.
Esta ratificación popular de la mayoría frenteamplista obliga a reflexionar sobre la evolución política de las últimas décadas. Han sido años de acumulación de fuerzas por parte de la izquierda. La Universidad pública, los sindicatos, los movimientos sociales en general, la cultura urbana en particular, y los resultados electorales finalmente, han ido conformando un bloque histórico - para usar la terminología de Antonio Gramsci- coherente y poderoso.
Presentar una propuesta alternativa a la izquierda, potente y creíble, no es por tanto, tarea sencilla. Ni solamente electoral.
Estamos ante un modelo de país apoyado en el peso de las corporaciones, convencido del papel paternalista y dirigista del Estado, y enriquecido de una interpretación histórica que da legitimidad y sentido a una fuerte identidad partidaria frenteamplista.
El primer paso es alejarse de la tentación de parecerse al modelo frenteamplista. Nadie elige una fotocopia si puede optar por el original.
El segundo es, con paciencia y decisión, dar contenido y sustancia a esa otra propuesta.
Hay que insistir en el sentido liberal y republicano de la construcción política del país, con sus naturales consecuencias de políticas públicas en un tiempo nuevo hecho de globalización económica y apertura cultural.
Se precisa, además, identificar en la sociedad civil las numerosas fuerzas que promueven valores y soluciones nacionales acordes a la profundización del camino democrático representativo.
Se necesita también generar espacios, desde la cultura, el trabajo de las universidades privadas, las fuerzas productivas, y la tarea de distintos líderes de opinión no partidarios, que promuevan convencidos los valores del esfuerzo y la libertad individuales como herramientas para la ascensión social. Y colaborar con ellos.
En esa empresa de largo aliento, amplia y llena de dificultades, los partidos tradicionales no pueden competir entre sí.
Con sus sensibilidades, sus tradiciones, sus liderazgos y estructuras electorales, importa que perciban claramente el fenomenal cambio político del siglo XXI que ha impuesto dos, y solamente dos, modelos divergentes de desarrollo del país.
Los partidos tradicionales deben transformarse en serios constructores conjuntos del modelo de país no-frenteamplista. Deben convencerse pues, de colaborar en recorrer caminos nuevos de acción y socialización política que promuevan una propuesta alternativa a la izquierda coherente y creíble.
La salud de la República lo precisa.
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