SEBASTIAN DA SILVA
En Montevideo no existe bípedo implume que esté contento con su municipio, excepto sus muchos funcionarios, muchísimos administradores, cargos de confianza y acomodados, el resto padece sus acciones y enormes omisiones en forma diaria, cotidiana, con un silencio entre curioso y masoquista.
La administración frentista pasó del romanticismo de Tabaré Vázquez en la primera experiencia gubernativa de la izquierda al actual estado de situación en donde se pide el voto para el continuismo, simultáneamente a que nadie asume la responsabilidad política del caos y desidia que cansinamente vemos en el transcurrir municipal.
Ni Carlos Varela, ni Daniel Martínez parecen muy conformes con lo hecho. No es para menos. Montevideo cobra una contribución inmobiliaria ca-ra, los automovilistas escapan a localidades vecinas a empadronar por la quinta parte sus autos porque en el departamento que viven aplican aforos de marcianos; tiene los únicos casinos que dieron pérdidas en el mundo, servicios de cementerios que acumulan denuncias por el desastre de su gestión, los impuestos de puerta parecen una enciclopedia por la cantidad de ítems que se agregan mes a mes y la denominada descentralización sirvió para que 18 seres humanos, los secretarios de los CCZ, ganen más que un Ministro de Estado en la loable tarea de duplicar en forma inútil el papeleo que cualquier vecino padece al intentar solucionar un problema en la Intendencia.
Los árboles pasan años para que se les hagan las podas, existen basureros endémicos que constituyen el paisaje de la gente más humilde de la ciudad, los trámites duran sí y solo sí más de 180 días sea cual sea la naturaleza de su especie y el nivel de atención de sus funcionarios logran la mágica sensación de que uno se transforme en lo más parecido a una cucaracha cuando tiene que enfrentarse al primer mostrador comunal.
A diferencia de lo que sucede en el interior del país, donde las Intendencias son una referencia importante en el desarrollo y bienestar, en la Capital, este elefante blanco, es todo lo contrario, es malhumor, arrogancia, e intereses usureros.
Si existiera el sentido común, la gente correría para abrazar cualquier propuesta nueva, profesional, no enquistada que permita hacer de ese millón de dólares diarios que el municipio recauda, una ciudad más limpia, más segura y más barata.
Esa virtud de ser lógico no abunda en la Tacita de Plata; muy probablemente la gente hará oídos sordos a su posibilidad de intentar cambiar su vida diaria, y premiará a quienes hoy no se hacen cargo de su propio accionar, mucho menos castigando a los responsables políticos de esta situación.
En mayo tenemos una posibilidad, el Partido Nacional ofrece dos excelentes candidatos, ambos con perfiles propios y amplio apoyo político detrás. El desafío para esta instancia, no debe ser ganar la elección, sino ganar en el debate, en la propuesta, en la intención de mejorar las cosas en forma independiente, clara. Si la opinión pública valora estas intenciones, las cosas empezarán a cambiar para todos.
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