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Francisco Faig
El verano ha sido pródigo en planteos electorales que propician el trabajo conjunto de blancos y colorados a futuro. Algunos, desde ya, pensando en las instancias de mayo.
Al Partido Nacional es a quien más conviene abrir la posibilidad de una mayor acumulación electoral porque es el que más intendencias gobierna desde hace décadas. Los colorados potenciarían, claro está, sus chances en Rivera, Río Negro y Salto.
Pero toda esta meritoria iniciativa es frivolidad si la arquitectura que resulte no avanza sobre el fondo político de esta concertación partidaria. ¿A qué opinión pública encantarán los partidos tradicionales, unidos por el temor a perder posiciones políticas, y solo urgidos por evitar la inexorable debacle electoral?
A nadie entusiasma un llamado a reforzar trincheras y resguardarse en ellas. No se trata de que un Nosotros, hecho de primitivo tribalismo de blanca y colorada identidad, triunfe sobre un Ellos de colorido arco iris de izquierda. Y luego, festejar con el bombo de la Amsterdam.
La concertación de blancos y colorados precisa, en realidad, con tanta o más decisión que un acuerdo electoral, modelar políticas públicas conjuntas, exigentes y posibles.
Las campañas electorales de ambos partidos dejaron en claro sus opciones en los temas relevantes del país: programas y propuestas abundan en todos los sectores, y forman buena base a partir de la cual profundizar compromisos de futuro. Cuando se analiza el detalle de las políticas públicas propuestas -en política social, de educación, internacional, de defensa, de seguridad pública-, los acuerdos son más sustanciales y numerosos que las declamadas y, a esta altura, antiguas, diferencias históricas entre ambas colectividades.
Sin embargo, hay graves problemas en la praxis departamental. La ciudadanía no tiene claro que exista un rumbo único, respaldado partidariamente, que se traduzca en políticas estudiadas, que evite el clientelismo endémico, que avance en una mejor gestión. Incluso, polos opuestos de calidad gubernativa han convivido sin dificultad alguna dentro de los dos partidos: Chiruchi en San José, Riet Correa en Rocha; Malaquina en Salto, y Puñales en Rocha.
Si es cierto que uno de los primeros episodios de la futura alternancia en el poder será multiplicar victorias blanquicoloradas en los gobiernos departamentales, es necesario llenar de contenido moderno, coherente, exigente, posible y audaz, la gestión de los municipios.
No se puede renegar de principios de gestión eficientes para contemplar particularismos departamentales más o menos folclóricos.
Si se cae en esa tentación, todo el edificio de la concertación se desmoronará inevitablemente, porque se dejará de lado lo que realmente importa a la ciudadanía: para qué gobernar.
Habrá que dar signos claros y contundentes de que el tiempo en el que cada caudillo en su feudo hace lo que quiere se acabó.
Se precisa compromiso de calidad de gobierno municipal compartido entre blancos y colorados. ¡Si habrá camino por recorrer!
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