Rescates continúan mientras miles esperan agua y comida
El agua, la comida y los primeros rayos de esperanza comenzaron a llegar el sábado a los sobrevivientes del terremoto, sedientos y hambrientos, en las calles de la devastada capital haitiana, pero la desesperación en la isla amenazaba con desbordarse en algunos lugares.
"La gente está tan desesperada por obtener comida que está enloqueciendo", dijo Henry Ounche, un contador, parado entre centenares de personas que peleaban entre sí mientras los helicópteros militares estadounidenses sobrevolaban la zona cargados con paquetes de ayuda.
Cuando otros helicópteros lanzaron raciones de alimentos y bebidas energizantes sobre una cancha de fútbol repleta de refugiados, unos 200 jóvenes comenzaron a pelear a pedradas para arrebatarse los víveres.
Por toda la ciudad, la gente luchaba por soportar el hedor de la muerte y la esperanza de encontrar sobrevivientes entre los escombros se iba perdiendo con cada hora que transcurría, cuatro días después del cataclismo del martes.
Sin embargo, aquí y allá, el murmullo de las víctimas sepultadas ponía a trabajar a las cuadrillas de rescate, incluso mientras las réplicas sísmicas amenazaban con derribar lo poco que quedó en pie.
"Nadie está vivo ahí", sollozó una mujer frente al derruido Hotel Montana.
Pero la esperanza se negaba a morir.
"¡Podemos oír a un sobreviviente!", exclamó Alexander Luque, trabajador namibio de búsqueda, un poco más tarde. Acto seguido, comenzó a cavar junto con sus compañeros. La madrugada del domingo, rescataron a una de los dueños del hotel, de 62 años, deshidratada pero sin lesiones.
En otro lugar, una cuadrilla estadounidense rescató a una mujer de entre los escombros de un edificio universitario, donde permaneció atrapada durante 97 horas. Otra cuadrilla pudo darles agua a tres personas cuyos gritos se escuchaban desde las ruinas de un supermercado de varios pisos.
Nadie sabía cuántas personas murieron. Tan sólo el gobierno haitiano ha recuperado ya 20.000 cadáveres _sin contar los recogidos por agencias independientes o por los propios familiares, dijo a The Associated Press el primer ministro Jean-Max Bellerive.
En un nuevo estimado, la Organización Panamericana de la Salud informó que entre 50.000 y 100.000 personas perecieron. Bellerive dijo que 100.000 "parecería el mínimo". Camiones cargados de cuerpos llegaban sin cesar a las fosas comunes.
Una vocera declaró que el terremoto es el peor desastre que Naciones Unidas ha enfrentado jamás, dado que buena parte de la capacidad de atención del gobierno y de la ONU en el país quedó inutilizada. "Esto es peor que el tsunami catastrófico de Asia en el 2004, todo está dañado", dijo Elisabeth Byrs en Ginebra.
También el sábado, la secretaria de Estado norteamericana Hillary Rodham Clinton llegó a Puerto Príncipe para prometer más ayuda de su país, y el presidente Barack Obama se reunió con sus predecesores George W. Bush y Bill Clinton para instar a los estadounidenses a hacer donaciones.
Durante la jornada, se encontraron los cadáveres del jefe de la ONU en Haití, Hedi Annabi, de los ocho policías chinos con quienes estaba reunido y de otros altos funcionarios que estaban en la sede de la misión.
Pese a los obstáculos, el ritmo de la distribución de ayuda se aceleraba.
El gobierno haitiano había establecido 14 puntos de distribución de alimentos y víveres, y los helicópteros del Ejército estadounidense realizaban vuelos de reconocimiento para instalar más centros. Dado que ocho hospitales de la ciudad resultaron destruidos parcial o totalmente, los grupos asistenciales abrieron cinco centros de emergencia médica. Equipo vital, como plantas purificadoras de agua, llegaba del extranjero.
Miles de personas se aglomeraron en el barrio de Cité Soleil, mientras los trabajadores del Programa Alimentario Mundial de la ONU distribuían galletas con alto contenido energético ahí, por vez primera. Al ponerse el sol, quedaban sólo unas decenas de cajas, de seis cargamentos de camiones que llegaron. Quizás 10.000 personas seguían esperando, con paciencia pero tal vez fútilmente, en la cola.
Con dos hijos y siete meses de embarazo, Florence Louis, de 29 años, se aferraba a sus cuatro paquetitos. "Es suficiente, porque no tenía nada", dijo.
En un campo de golf construido en una colina, desde el que se aprecia la capital arrasada, unas 50.000 personas dormían en un campamento improvisado. Paracaidistas de la 82da División Aerotransportada de Estados Unidos instalaron una base para entregar agua y alimentos.
Después del desorden inicial entre la multitud, cuando los helicópteros sólo pudieron lanzar su cargamento desde el aire, un segundo vuelo aterrizó y los soldados distribuyeron la comida a una fila ordenada de haitianos.
Había más ayuda estadounidense en camino: el buque-hospital de la Armada Comfort zarpó el sábado del puerto de Baltimore y llegaría a Haití el jueves. Más de 2.000 infantes de marina estaban listo para navegar desde Carolina del Norte, para apoyar la distribución de ayuda y reforzar la seguridad.
Pero para unos 300.000 haitianos que se quedaron sin techo y que pernoctan en calles, plazas y parques de la capital, la ayuda no parecía garantizada.
El batir de tambores llamó a los fieles a la misa matinal del domingo en medio de una escena apocalíptica, con la catedral de Puerto Príncipe envuelta en el olor de los muertos, la ayuda humanitaria que tardaba en llegar a los vivos y las cuadrillas de rescate luchando para salvar a un número cada vez menor de gente atrapada entre las ruinas.
Los rayos del sol se colaban entre los pocos pedazos restantes de los vitrales de la catedral mientras el sacerdote Eric Toussaint daba su sermón a una pequeña concurrencia. Un cadáver en descomposición yacía en la entrada principal.
"¿Por qué agradecemos a Dios? Porque estamos aquí", dijo Toussaint. "Decimos: ´Gracias, Dios´. Lo que pasó es la voluntad de Dios. Estamos en las manos de Dios".
Mientras católicos y protestantes elevaban sus plegarias en toda la ciudad en los primeros servicios dominicales desde el sismo de magnitud 7 del martes, muchos haitianos seguían aguardando la distribución de agua y alimentos y otros se tomaban la justicia en sus propias manos contra los saqueadores.
Los rescatistas mostraban su descontento con los obstáculos que enfrentan para hacer llegar ayuda al aeropuerto pequeño, dañado y congestionado de la capital _que controlan las fuerzas estadounidenses_ y desde allí a los damnificados en la ciudad.
Médicos Sin Fronteras dijo el domingo que se le negó permiso para aterrizar a un avión de carga que traía un hospital de campaña y que debió desviarse a la República Dominicana, por lo que el centro asistencial demorará 24 horas más en estar listo.
El secretario general de Naciones Unidas Ban Ki-moon, que partió hacia Haití, calificó al terremoto como "una de las crisis más serias en varias décadas".
"Los daños, la destrucción y la pérdida de vidas simplemente son abrumadoras", dijo.
Nadie sabe cuánta gente murió por el sismo. El gobierno de Haití ya recuperó unos 20.000 cadáveres, sin contar los que recogieron otras organizaciones o los deudos, dijo el primer ministro Jean-Max Bellerive a The Associated Press.
La Organización Panamericana de Salud dice que entre 50.000 y 100.000 personas murieron. Bellerive dijo que 100.000 "parecería ser el mínimo".
En la catedral sin techo, ancianas con rosarios en las manos rezaban por la intervención de Nuestra Señora de la Asunción, cuyo nombre lleva el templo de 81 años.
Una mujer, al parecer con problemas mentales, comenzó a predicar por su cuenta: "¿Dónde está nuestra justicia? Ahora el palacio de la justicia se derrumbó... Todos estamos infectados por enfermedades. El fin está cerca".
En medio de las privaciones, algunos recurrieron a los saqueos, lo que enfureció a quienes custodiaban sus pocas pertenencias.
Dos presuntos saqueadores yacían en una calle en el barrio de Delmas, ambos golpeados y con sus cabezas atadas juntas. Varias personas de la enfurecida multitud que los rodeaba dijeron que fueron atacados por los indignados lugareños y otros dijeron que los autores del ataque eran policías.
Uno yacía completamente inmóvil, con extensas manchas de sangre seca en las trenzas. El otro sangraba profundamente tirado en el suelo y ocasionalmente sufría convulsiones en una pierna.
Horas después, una periodista de AP vio que ambos habían muerto. Sea cual fuere la causa de su muerte _linchamiento o violencia policial_, todos los presentes concordaron que eran delincuentes que habían escapado de una prisión destruida.
Hubo también momentos de alegría: un equipo estadounidense rescató con vida a una mujer entre los escombros de un edificio universitario derruido donde estuvo atrapada durante 97 horas. Poco antes del amanecer, otro equipo rescató a tres sobrevivientes entre los escombros de un supermercado.
La madrugada del domingo, socorristas rescataron a Nadine Cardoso, dueña del destruido Hotel Montana, de 62 años, deshidratada pero sin lesiones. Entre los aplausos de la gente, la bajaron en camilla con una cuerda por sobre una montaña de escombros, doce horas después de haberla encontrado.
"Es un pequeño milagro, ella es una mujer dura. Es indestructible", dijo su esposo Reinhard Riedl al enterarse de que estaba viva.
El rescate fue agridulce para la hermana de Cardoso, Gerthe, cuyo nieto de siete años debió ser abandonado cuando una réplica cerró el espacio entre los escombros donde se pensaba que estaba.
Hasta ahora, 1.739 socorristas y 161 perros de 43 equipos han salvado a más de 70 personas, dijo la vocera de tareas humanitarias de la ONU Elisabeth Byrs.
La ONU perdió al menos a 40 empleados, incluidos el jefe de misión tunecino Hedi Annabi y el subjefe brasileño Luiz Carlos da Costa, y cientos seguían desaparecidos.
"Esta es la pérdida más grave y más grande en la historia de nuestra organización", dijo Ban.
Pero Ban agregó que la ONU ya alimentaba a 40.000 personas y que en un mes esa cifra debería llegar a dos millones.
Florence Louis, embarazada de siete meses y con dos hijos, era una de miles de haitianos que concurrieron a una entrada de la barriada de Cité Soleil, donde trabajadores del Programa Mundial de Alimentos de la ONU repartían galletas de alto contenido energético por primera vez.
"Es suficiente, porque no tenía nada", dijo Louis, de 29 años, con cuatro paquetes en sus manos.
El gobierno haitiano estableció 14 puntos de distribución de alimentos y otros materiales y helicópteros estadounidenses buscaban lugares para instalar otros. Los grupos de asistencia abrieron cinco centros de salud de emergencia. Equipos vitales, como purificadores de agua, comenzaban a llegar desde el extranjero.
En un campo de golf en una colina, desde el que se aprecia la capital arrasada, unas 50.000 personas durmieron en un campamento improvisado. Paracaidistas de la 82da División Aerotransportada de Estados Unidos instalaron una base para entregar agua y alimentos.
Mientras los equipos de asistencia enfrentaban obstáculos en el terreno, la secretaria de Estado estadounidense Hillary Rodham Clinton visitó Haití y prometió más ayuda de su país. El presidente Barack Obama se reunió con sus antecesores George W. Bush y Bill Clinton en Washington y pidió a la población que haga donaciones.
En la catedral, el sacerdote Toussaint contó cómo sobrevivió, casi por milagro.
"Vi la destrucción de la catedral por esta ventana", dijo, en lo que queda de la oficina de la arquidiócesis. "No estoy muerto porque Dios tiene un plan para mí".
Otros, sin embargo, se mostraban enojados.
"Es una catástrofe y fue Dios quien nos la envió", dijo Jean-Andre Noel, un técnico informático de 39 años. (AP)
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