LEONARDO GUZMÁN
El Mayo 68 de París significó el alzamiento de lo particular contra los principios. Rebeldía frente a lo general. Alzamiento contra la disciplina íntima que exige el pensar. ¡Hasta la matemática y la lógica eran "fascistas"! ¡Nada que sujetara el fluir dialéctico de la vida, hecha de contrapuntos y pulsiones más que de reflexión!
Después -declaraciones de la Unesco por medio- se acuñó la idea de que la cultura no sería más que una cuestión de costumbres de cada grupo. Se identificaría con los hábitos de cada comunidad, sin importar si sus prácticas son dignas de universalizarse, como la libertad y el respeto; o son repugnantes, como comer alimañas; o son absurdas, como prosternarse ante piedras. Adorar el fuego y el fetiche, ¡una cultura! Mutilar la genitalidad a las adolescentes o justificar la efebofilia, ¡otra cultura! Enfundar rostro y cuerpo de la mujer, apedreándola si es infiel, ¡más culturas! Y por ese camino, dale que va: cuando vemos comer bazofia en las veredas y aceptamos las drogas con extorsión carcelaria, ¡pues, sí, es también cuestión de cultura!
Por esa vía, cada grupo queda legitimado para atrincherar sus costumbres en nombre del "pluralismo cultural"; y cada persona queda relevada de examen individual de conciencia: con sentimiento de "pertenencia" y consenso del grupo, está cumplida.
Y bien. Está quedando a la vista que, al retroceder la capacidad crítica, al costado de la libertad ha crecido el corporativismo de fanáticos sin valores universales ni permanentes pero con estatuto para ellos y su caparazón.
¿Cultura para movernos, inspirarnos y estremecernos juntos? ¡Qué va! Mejor que buscar grandes denominadores comunes, es bautizar como "cultura" a la convivencia de los grupos, recocinados en su propia salsa.
Pero dada la clase de zombis suicidas que hoy amenazan a los aeropuertos del hemisferio norte y vista la proliferación de grupos que claman por derechos sectoriales y no generales, parece llegada la hora de terminar con la incrustación de disparates y de advertir que, bajo la apariencia de pastas blanduzcas de tolerancia, al mundo se le viene colando la derrota del pensamiento universal y el olvido de que el humanismo supone la deliberación abierta, entre todos, a lo Montesquieu, Kant o Wikipedia, y no separada por compartimientos estancos.
La cuestión es teórica; y por eso, resulta eminentemente práctica.
Si la encaramos desde la apertura tradicional del Uruguay fraterno y pensante, evitaremos atascarnos: nos asomaremos a la vida.
Pero si nos dejamos llevar por la moda, seguiremos demorando el regreso ciudadano a la casa grande de los principios generales, y continuaremos sufriendo la percepción fragmentada de que todo es lucha de unos contra otros y que no hay horizonte que permita al hombre mirar más allá del ojo de su propia cerradura.
A eso, amargo pero inevitable, lleva olvidar que ciertas nociones -amor, número, libertad, justicia- iluminan lo humano por encima de siglos y luchas más aun por su evidencia natural que por la autoridad de Aristóteles.
Mantenga y vigile el nivel de debate y recuerde que nuestras Normas de Participación implican obligaciones y responsabilidades.