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A partir del día de Navidad, mucha gente habrá consultado el planisferio para averiguar dónde se encuentra Yemen, ese pobrísimo país de la península arábiga que el manejo de las noticias ha convertido en una guarida de la organización Al-Qaeda. Porque el 25 de diciembre, un joven terrorista nigeriano -entrenado en Yemen, según reconoció en sus declaraciones- trató sin éxito de hacer estallar un avión norteamericano de pasajeros en su vuelo de Amsterdam a Detroit. La conmoción que se produjo en torno al episodio, colocó repentinamente a Yemen en un primer plano de atención mundial.
Desde entonces, Estados Unidos ha incluido a Yemen en la lista de los países peligrosos para su seguridad nacional -es decir, los países que pueden exportar terrorismo- ubicándolo junto a Irán, Corea del Norte, Sudán, Nigeria, Cuba y Siria. Eso ocurre mientras las fuerzas norteamericanas libran una guerra de curso incierto en Afganistán y una ocupación militar muy accidentada en Irak, donde mantienen un ejército de 140.000 efectivos, por no hablar de un despliegue paralelo de mercenarios (que la información del Pentágono denomina "contratistas"), que devora buena parte del enorme presupuesto destinado al control de Irak desde marzo de 2003.
Paradojalmente, Yemen tiene un gobierno pro-occidental, incapaz empero de mantener en orden lo que ocurre en su territorio, una superficie casi tan grande como España, aunque sobrelleva una economía -mayormente agropecuaria- de extrema precariedad, con brutales índices de penuria y analfabetismo. Para comprender la debilidad del gobierno yemení, conviene saber que el país estuvo hasta 1990 dividido en dos mitades independientes (Yemen del Norte, pro-saudita, y Yemen del Sur, de orientación marxista), aunque en mayo de aquel año se unificaron. La única zona productiva es la región montañosa del Norte, lluviosa y fértil, que antiguamente era llamada la Arabia Feliz.
Desde hace un tiempo, y ante el surgimiento de focos extremistas, Estados Unidos ha desplegado sobre Yemen una "guerra de baja intensidad", con algunos bombardeos en sitios que aparecían como albergues fundamentalistas. Ahora, ante los hechos ocurridos en Navidad, ha redoblado su ayuda militar a ese país, cuyas fuerzas armadas combaten actualmente los refugios de Al-Qaeda. Puede ser sugestivo recordar que la riquísima familia de Osama bin Laden, si bien está radicada desde hace años en Arabia Saudita, es de origen yemení, lo cual confiere una aureola suplementaria a la relación de Yemen con el terrorismo.
Lo inquietante, en términos generales, es que Estados Unidos sigue incorporando otros retazos del Islam a su Guerra contra el Terror, que hasta el momento no ha tenido por cierto un curso victorioso. Después de Afganistán e Irak, surgió la infiltración de los talibanes en Pakistán y ahora se agrega Yemen, mientras Irán sigue preocupando a medio mundo con su plan nuclear. De cualquier manera, casi nadie parece percibir que las intervenciones militares de Occidente en la región, enardecen (en lugar de neutralizar) el radicalismo que pretenden combatir.
En plena crisis económica mundial, el costo de sus emprendimientos militares en Asia parece cada día más duro para los norteamericanos, al margen del saldo de muertes que envuelve no sólo a los uniformados sino también a la población civil. Están haciéndole frente a una sublevación internacional de sectores musulmanes cuyo fervor, misticismo e impulsos suicidas parece reflejar el clima cargado de religiosidad de la Europa del siglo XIV. Si se recuerda que Mahoma murió en el año 642, el Islam se encuentra hoy en el equivalente al siglo XIV europeo, con todo el vuelo de una fe arrebatadora que el Cristianismo luego apaciguó, alejándose de los extremos de fanatismo de aquella época, comprendida la quema de brujas, la represión de las herejías y otros desbordes del Santo Oficio. Pero ciertas vertientes musulmanas actuales, llevan seis siglos de desventaja y todavía no han sabido (o no han podido) abatir las viejas fiebres. Allí radica el verdadero riesgo para el resto del mundo.
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