Norah Jones abre una etapa de redefiniciones estilísticas

The fall. Fue lanzado en noviembre, y contó con la producción de Jacquire King

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ALEXANDER LALUZ

En Not too late (2007), Norah Jones ya esbozaba algunos signos de cambios interesantes respecto a sus dos anteriores trabajos de estudio (el exitoso debut de Come away with me, de 2002 o Feels like home, de 2004).

Y ahora, con este reciente The fall, lanzado a mediados de noviembre pasado, esos cambios adquieren visos de definitivos. O al menos de apertura de un camino flechado en una dirección, y en el que no hay muchas posibilidades de regreso.

Para empezar, aquel sonido ambiental, de sofisticada delicadeza casi jazzística que quedó tan bien plasmado en Come away with me, muta a la inquieta exploración de un pop de aristas ásperas, intenso, en el que se dejan ver claramente las huellas de Tom Waits. Esa referencia no es mero capricho intertextual, sino una forma consciente de asumir una de sus fuertes influencias, que ella misma reconoce y tiene al productor Jacquire King (que produjo Mule variations de Waits) como principal responsable.

"Me di cuenta que lo que quería hacer era encontrar un productor nuevo, alguien que me diera un nuevo sonido y me sacara de lo que me era más cómodo hacer", ha dicho la cantante. Y así fue: "había tocado siempre con la misma gente, por lo que tuve que ponerme en las manos de Jacquire para que él los eligiera".

La comodidad a la que hace referencia Jones es probablemente uno de los grandes problemas que sobrevuelan en el pop y en el rock. Su consecuencia es conocida (y muy escuchada): una ingente cantidad de piezas (olvidables) que rápidamente se agotan en la alta rotación de las FM o se pierden en algunos esnobismos del "indie".

En The fall la historia es diferente. No es una cantera de hits. Tampoco una obra que cuadre en la categoría "experimental", como sinónimo de vanguardia o innovación. Ni es una genialidad consumada, donde la forma canción descubra una profundidad única. Es simplemente, como se anotó al principio, un disco de apertura, con los suficientes cambios como para iniciar un trabajo de investigación, de pruebas, a fin de perfilar otro horizonte estilístico (y, por cierto, no quedar entrampada en las rareza por la rareza misma).

It`s gonna be (pista 7) es probablemente un atractivo punto de partida. Allí hay varios elementos que pueden oficiar de cantera para nuevas exploraciones: el impulso rítmico que remite los grooves del viejo funk, la textura "sucia" y de bordes rugosos, que sirven de base para una interpretación vocal colocada bien adelante en el relieve sonoro (especialmente en el estribillo), pero conservando una emisión aireada que subraya el carácter envolvente de la canción. En la apertura del disco, en cambio, la balada Chasing pirates choca con ese impulso novedoso, y deja la incómoda sensación del gesto condescendiente con el estándar de la industria, que sólo se despeja con el apoyo minimalista de la trama instrumental.

Este contraste, sin embargo, señala (y subraya) la cuota de riesgo corrida por Jones, tanto lo compositivo como interpretativo. A la vez hace de The fall un buen desafío para escuchar un pop (por llamarlo de alguna manera) que no coquetea con la chabacanería ni con descolgados extrañamientos, y demanda un tiempo de asimilación más detenido, y quizás más reflexivo, que otros ejemplos que abundan en el mercado.

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