Un Nüremberg demasiado lejano

Luciano Álvarez

El 26 de julio de 2010, la agencia AFP Tituló: "Condenan a 30 años a torturador de los jemeres rojos". Es probable que mi capacidad de rastreo informativo sea deficiente, pero me costó mucho encontrar la noticia en medios de comunicación uruguayos, salvo en alguna excepción como el Portal 180.com.uy, donde puede leerse: "Duch, ex jefe de la temible prisión S-21 de Phnom Penh durante el régimen camboyano de los jemeres rojos (1975-79), fue condenado este lunes a 30 años de cárcel por crímenes contra la humanidad, al término del primer juicio conducido por el tribunal auspiciado por la ONU. A sus 67 años, Duch, cuyo verdadero nombre es Kaing Guek Eav, es el primer ex dirigente jemer rojo juzgado y condenado por un tribunal internacional."

Quizás, para nuestra "agenda-setting", el Sudeste asiático está demasiado lejos, en el espacio y en el tiempo: Vietman, Laos, Camboya, más aún Indochina, parecen remitir sólo a la historia, los mitos y las leyendas de los años 60 y 70.

El "Tribunal para el genocidio camboyano" fue creado en 2006, luego de largas negociaciones con el gobierno del primer ministro Hun Sen, un ex Jemer rojo, para lograr un juicio contra los dirigentes responsables de la desaparición de un cuarto de la población del país: dos millones de personas durante 44 meses de terror entre 1975 y 1979.

Kaing Guek Eav (a) Duch, dirigió en ese tiempo la prisión conocida como el S-21, donde se practicó la tortura, las "confesiones" y la ejecución de, al menos, 12.000 seres humanos. Una de las características del S-21 es que los prisioneros no eran sólo los individuos acusados sino toda su familia, incluidos niños, potenciales enemigos del régimen de regeneración nacional liderado por el camarada Pol Pot.

Como los jerarcas nazis, Duch vivía en la misma prisión, con su mujer y sus dos hijos pequeños; para estar cerca del trabajo.

Nacido en 1942, fue un alumno aplicado y estudioso del prestigioso Liceo Sisowath; se destacó en matemáticas y a esa actividad dedicó buena parte de su vida. Se convirtió en un brillante profesor cuyo único vicio era el cigarrillo. Enseñaba geometría, química y matemáticas; más tarde incursionó en temas vinculados a la cultura y la identidad nacional. Era simpático y afectuoso con sus estudiantes que le admiraban y apreciaban. También aprovechó su cercanía para atraerlos hacia sus ideas: "Hago política para liberar al pueblo y ayudar al pueblo. No podemos dejar que los imperialistas aplasten la cabeza del pueblo", repetía. Desde 1964 estaba vinculado al movimiento comunista.

En 1970 se unió a los maoístas jemeres rojos, donde su inteligencia, aplicada al plano militar le haría ascender en la jerarquía. Desde entonces sería el "Camarada Duch". En 1971 comenzó a encargarse de los servicios de seguridad para detectar y eliminar enemigos ocultos en las filas revolucionarias. Ya en el poder, será encargado de montar el S-21.

Prolijo y metódico, dejó testimonio de su obra cuidadosamente guardada y sistematizada. Miles de documentos con su firma, notas manuscritas sobre las confesiones de los detenidos y las técnicas de interrogatorio, fotos de los muertos en la tortura, autobiografías de los guardias que daban cuenta de sus más ínfimas debilidades.

Caído el régimen logró desaparecer, cambiar de nombre y volver a sus antiguas prácticas humanas. En 1992 vivía con su familia y un grupo de ex-jemeres rojos en un pueblo de nombre Phkoam, nuevamente como profesor de matemáticas, física y química, siempre disponible, exigente y preocupado por sus alumnos. También se convirtió al cristianismo y predicaba en una iglesia evangélica, conducida por pastores norteamericanos. El 9 de mayo de 1999 fue arrestado. Durante el proceso fue llevado al lugar de sus crímenes. Algunos de los escasos sobrevivientes estaban allí. "Les pido perdón, se que no pueden perdonarme, solo pido que me den la esperanza de que algún día podrán hacerlo". Luego lloró.

Fue mantenido en prisión durante diez años, hasta ser incluido en la breve lista de ex dirigentes del Jemer Rojo a ser juzgados por el "Tribunal para el genocidio camboyano". El 17 de febrero de 2009 se inició su juicio. Se declaró culpable. Durante 17 meses, cada mañana Kaing Guek Eav o el camarada Duch -¿cuál será el verdadero?- se sienta en la sala, junta las manos y se inclina para saludar a los asistentes, colocados del otro lado de un vidrio blindado. La mueca enigmática de una sonrisa indefinible, le arruga el rostro. Para el cineasta Rithy Pan, autor del documental "S-21, la machine de mort Khmère rouge (2003)", una portentosa obra moral y cinematográfica, no hay duda: es Duch, es él "quien marca el ritmo del juicio; es extremadamente inteligente, acepta su culpabilidad, los fiscales subestiman al personaje y cometen error tras error, no se animan a ingresar en el fondo del asunto, el terreno histórico e ideológico."

Por fin le condenan, a treinta años. Es prácticamente una cadena perpetua, pero no tiene su valor simbólico. Las víctimas están indignadas.

Recién para el 2011, está previsto el juicio de los otros cuatro acusados. Demasiado pocos. Pero todavía andan por allí unos 40.000 jemeres rojos y el gobierno sostiene que la pacificación del país es lo más importante; juzgar a cinco es suficiente para asegurar reconciliación y justicia.

Por otro lado Marc Raoul Jennar, un experto internacional se consuela diciendo que "El totalitarismo de derecha ha sido juzgado en Nuremberg y Tokio, pero que por primera vez está siendo juzgado un totalitarismo de izquierda"

No, el Sudeste asiático no está demasiado lejos. Aproximarse a su historia a lo largo del último siglo, desde las aventuras coloniales europeas, la intervención norteamericana, los regímenes que le sucedieron, el genocidio de Camboya cometido por aquella banda de buenos muchachos ricos y comunistas, tan parecidos a aquellos tantos otros ingenieros de sociedades, la complicidad de muchos intelectuales, la vista gorda de las naciones poderosas… Todo debiera ser de estudio obligatorio.

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