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Enrique Beltrán


Desde el recodo

Clarinada

Enrique Beltrán

Todo el país, sin distinciones de edades, condiciones sociales, ideologías políticas o filosóficas, de sus afecciones y simpatías deportivas, de todo aquello, en fin, que nos separa o nos distingue, vivió confundido en una misma emoción, en una estrecha comunidad donde nos hicimos conocidos unos de otros, y hasta nos sentimos amigos de quienes considerábamos como adversarios. Todo eso ocurrió a raíz de la brillante actuación del equipo uruguayo en el campeonato mundial de fútbol, cuya dilucidación definitiva se realizará en las próximas horas. Estas ondas de alegría y de emoción colectiva ocurren muy de vez en cuando en algunas jornadas pero suelen ser parciales, y encogidas, porque mientras unos son los que festejan y se empinan orgullosos, otros de sus propios compatriotas sufren y padecen su derrota. Lo que es jornada de alegres campanillas para unos, es de tristeza y de reproche para otros. Nunca faltan en estas horas de júbilo colectivo, cuando todo un pueblo se confunde sin distinciones, juntos a los verdaderos protagonistas de la hazaña, quienes procuran encauzar la proeza en dirección a sus propias tiendas, aunque poco tengan que ver con ellas. Así ha ocurrido con las declaraciones de alguna figura del oficialismo, pretendiendo hacerlo también partícipe y dueño de aquella gesta. Se incurre así, por lo menos, en un doble extravío, al margen de su engreído error. Uno de ellos es que en circunstancias en las que se vive la misma emoción, compartida por todos los uruguayos, y la conciencia de comunidad nacional asoma orgullosa en el flamear de sus banderas, y en alegría de su pueblo, he aquí que la obsesión politizadora también irrumpe allí. Lo hace, por distante que esté de aquel logro, y del hondo sentido nacional que reavivaron aquellas victorias.

En momentos en los que el brillante triunfo deportivo nos reintegra después de cuarenta años a un historial que bien pocos países del mundo lo pueden ostentar, a pesar de la pequeña dimensión de su territorio y de su población es hora de cobrar conciencia de la continuidad de una historia. Las hazañas de hoy son hijas de una tradición que en su momento también asombró al mundo e hizo estallar de alegría y emoción a todo nuestro pueblo. Lo verdaderamente admirable es habernos reencontrado con ella, por quienes tanto fervor, esfuerzo, capacidad y entrega pusieron para esa tarea. Creo sí, que esta nueva hazaña deportiva de la celeste no solo reverdece viejos laureles. Irradia sus efectos bastante más allá del ámbito deportivo y de su estímulo y ejemplo. También aquí quiero destacar entre muchos, algunos de esos efectos. Uno de ellos es el de haber reavivado el sentimiento de patria que tanto pareció dormitar con el discurrir de largos últimos años.

Desde el irreverente secuestro y pérdida de la bandera de los Treinta y Tres, que no nos indignó como debiera ese ultraje a uno de los más preciados símbolos nacionales y las fechas patrias olvidadas, fueron, entre otros muchos, síntomas de una comunidad que estaba perdiendo conciencia de sí misma, mientras nos íbamos habituando a ello. Este resurgir de la celeste ante el mundo, aviva esa dormida conciencia y ha de ser también una clarinada para que más allá de nuestros desencuentros todos seamos capaces de encontrarnos tanto para defender nuestros valores ganados a lo largo de la historia, como para ganar otros nuevos.

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