JUAN ORIBE STEMMER
Lo que sucede con la pesca del atún es una demostración práctica de la "tragedia de los bienes comunes": el egoísmo del ser humano lo lleva a cuidar celosamente lo que le pertenece y a descuidar los bienes que son parte del patrimonio general. Que son de todos. El caso de las especies de atún que recorren los océanos es un buen ejemplo.
Los atunes, los grandes navegantes de los mares, son especies altamente migratorias. Por ejemplo, el atún de aleta azul del océano Atlántico austral vive unos veinte años y recién comienza a reproducirse a los siete-nueve años. Un ejemplar adulto puede medir casi dos metros y pesar unos 200 kilogramos. Son grandes nadadores: alcanzan velocidades de hasta 70 kilómetros durante sus prolongadas migraciones de miles de kilómetros.
Estos magníficos animales, para su desgracia, tienen una gran demanda. En el Japón, por ejemplo, el atún es considerado como una delicadeza y los ejemplares que satisfacen las altas exigencias de calidad de ese sofisticado mercado, alcanzan precios astronómicos. El resultado ha sido que las capturas de este grupo de especies han aumentado de 0,6 millones de toneladas anuales en el año 1950 a 9,5 millones de toneladas en la actualidad.
Ese aumento se debe a la combinación de dos tendencias. La primera es cuantitativa: la expansión de las flotas pesqueras de las naciones marítimas tradicionales y las de los países en vías de desarrollo. La segunda es cualitativa: el desarrollo tecnológico en la construcción y equipamiento de los barcos de pesca. La presión de la pesca sobre las especies de atún de mayor importancia comercial no cesa de crecer. El aumento de la eficiencia de los pesqueros, hasta cierto punto, oculta el hecho de que la cantidad de ejemplares de atún disminuye constantemente.
La caída de la biomasa de algunas especies es alarmante. FAO estima que existen especies de atún tan sobreexplotadas que sus pesquerías se deteriorarán en el futuro cercano si no se reduce inmediatamente el número de buques pesqueros (este sería el caso, por ejemplo, del atún aleta azul boreal). Una capacidad de pesca en aumento persigue implacablemente una biomasa decreciente.
En teoría esto no debería suceder. De los atunes se ocupan tres convenciones multilaterales y una regional, además de la legislación de los países costeros incluidos por su ciclo migratorio y la de los países de la bandera de los buques de pesca. Los tratados son: la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, el Acuerdo de las Naciones Unidas sobre especies transzonales y altamente migratorias y la Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres (Cites). Los tratados regionales son los acuerdos para la conservación de los atunes en determinadas regiones (como es el caso de Iccat).
Sin embargo toda esa diplomacia, todo ese papel y tinta no consiguen establecer, ni aplicar eficazmente, reglas que aseguren el desarrollo sostenible de las pesquerías de atún más amenazadas.
Una vez más, es la irracionalidad de la razón.
"El caso de la sobrepesca del atún demuestra como la ambición humana puede ser su perdición.