Dos vertientes manejó José Mujica en su discurso del 1º de marzo ante la Asamblea General al momento de reiterar su decisión de una profunda reforma o rediseño del Estado. La primera fue hacia adentro del sector público: "la sociedad uruguaya ha sido benévola con algunos de sus servidores públicos y casi cruel con otros. Ha permitido que funciones sencillas (...) se paguen en algunas oficinas 10 veces más de lo que recibe quien realiza un trabajo imprescindible y duro, como un policía o un maestro rural". Para luego apuntar hacia el resto de la sociedad: se ha protegido mucho más a sus servidores públicos que a sus trabajadores privados. "Recordemos -agregó- que en la crisis del año 2002 casi 200.000 personas perdieron su trabajo y ninguna fue un funcionario público. Se estima que otros 200.000 sufrieron rebajas en su salarios, y todos fueron trabajadores privados". Vamos a referirnos a esto último.
Lo dicho por el Presidente es una verdad incontestabe. Son cifras escalofriantes, pero ciertas. La crisis del 2002-03 la soportaron y la sufrieron las empresas y los trabajadores privados, aunque sobre todo estos, que vieron cómo perdían sus fuentes de trabajo, cómo se reducían sus salarios y conocieron cómo se vive desde el seguro de desempleo. Los públicos, impertérritos, siguieron cobrando sus salarios con aumentos, no supieron de la amenaza (que se concretaba) de perder sus puestos de trabajo y de la existencia de un seguro de desempleo nunca se enteraron.
Los miles y miles que fueron a parar a los asentamientos que rodean Montevideo y otras ciudades del Interior, no fueron precisamente egresados de las oficinas públicas. Fue el precio de una crisis que se descargó más salvaje sobre un sector de la población sin padrinos y sin la capacidad de amenazar al país con una parálisis de sus servicios. La catastrófica disparada de la desocupación tuvo un origen común y fue la actividad privada.
Empresas, más grandes o más pequeñas, que cerraron sus puertas; otras que aplicaron fuertes reducciones de personal y bajas de sueldo. No fueron por capricho, había que sobrevivir. Ajustes de todo tipo en los hogares, caída de la actividad comercial, más impuestos a los que aún sobrevivían en su actividad, economía de guerra en lo que quedaba enhiesto.
Guste o no guste esto fue así y sobre las espaldas de los privados y su sacrificio, el Estado pagó los sueldos y los aumentos de sus funcionarios. ¿Fue justo?
Y este país salió adelante sin deshonrar sus compromisos internacionales que hoy tanto nos beneficia. Con el sector agropecuario como abanderado, que superó con enorme velocidad, disciplina e imaginación el terrible azote de la aftosa, y con el viento a favor de nuevos mercados (Estados Unidos) y un alza en la cotización de los productos, se empezó a remontar desde el abismo.
Por eso son acertadas y bienvenidas las referencias del Presidente a aquella época. Es conciente de lo que se pasó. Lo tiene bien claro. Y es conciente también que el Estado no es una isla en la sociedad uruguaya y debe adecuarse a las exigencias de los tiempos. Y sabe también cuáles son las principales dificultades para encarar "la madre de las reformas" que pregonaba Tabaré Vázquez.
El mayor obstáculo será en la misma coalición de gobierno y no tenemos dudas que va a precisar de la oposición para llevarlo adelante. Porque se verá enfrentado con los sindicatos que durante tantos años el Frente ha prohijado y alentado, hasta constituir a la mismísima Pit-Cnt en un apéndice partidario. Que crecieron y se fortalecieron en esa situación de límite difusos (o inexistentes) entre sectores políticos y sindicales, y que ahora deberán demarcarse con absoluta claridad.
Bienvenida la decisión del Presidente de la República de terminar con el Estado gordo, ineficiente, oneroso y poco solidario que ha derivado en "una burocracia que tiene vida propia", por encima de los gobiernos y sus decisiones.
Mujica es el Primer Mandatario porque el pueblo lo eligió. Está mandatado para la tarea. Adelante, entonces y en este desafío recibirá apoyos incluso de quienes no lo votamos. Porque, no tenemos dudas, de que es imprescindible para el país. Es la gran asignatura pendiente en las dos vertientes de que habló ante el Parlamento.