Ricardo Reilly Salaverri
El verano no es propicio para iniciar un relato de las cosas que merecen ser parte de una reforma del Estado uruguayo. Ya será el momento cuando las velas ardan y abunden proyectos ¡con la colaboración del Pit-Cnt y COFE y las representaciones de las corporaciones sindicales de los entes descentralizados, intendencias municipales y sindicatos de empleados de la enseñanza pública, incluidos!
En la vida advertí pocas reformas definitivamente exitosas. Entre ellas revistan la privatización de los puertos comerciales de la república, la desmonopolización de los seguros que acaparaba el Banco de Seguros del Estado, el programa de desburocratización (eliminación de cientos de miles de trámites inútiles), la liberación al mercado de la telefonía móvil, la apertura del mercado de llamadas internacionales, la creación de los fondos de pensión jubilatorios y algunas pocas cosas más de contenido inapelablemente modernizador y transformador.
Una parte de este asunto pasa por la administración de los recursos humanos. Que tiene facetas compartidas por el sector público y el privado. En cualquier país moderno y razonablemente orientado al desarrollo humano y material, lo habitual es que los trabajadores y sus organizaciones representativas y los empleadores y las suyas, colaboren recíprocamente, buscando mejorar en todo lo que les une, empezando por la fortaleza de la fuente de trabajo, adoptando si es necesario medidas duras que ocasionan a veces perjuicios que se tratan de minimizar (salarios ajustados por productividad, incorporación de tecnologías nuevas, pérdida de puestos de trabajo, etc.). Y, discutiendo si es necesario como cabe en las relaciones humanas libres.
Recordemos que, por el contrario, en el Uruguay nos regimos por la apolillada "lucha de clases" y el socialismo carbonario -cuando no soviético- de lo que da cuenta el tumultuoso parto de normas legales que han hecho de las relaciones laborales en el sector privado un manicomio. Lo último motivó que justificadamente todas las cámaras empresariales se retiraran del diálogo vinculado a la cuestión laboral.
Sin aspirar a que algo se le parezca en la realidad nacional promedial, citaré a cuenta de mayor comentario en próxima columna, a las realidades laborales vinculadas con el trabajo en "Google", la empresa de tecnologías de la información, y crecimiento y proyecciones mundiales incomparables, y revolucionarias, cuya sede central se encuentra en Mountain View, en el estado de California, en los EE.UU. Notoriamente, este gigante de utilidad formidable para quienes recurrimos a sus servicios cotidianamente (que por otra parte, es un espía inserto en nuestra vida privada), nació notoriamente a partir de la genialidad de dos jóvenes cuasi adolescentes.
El lema de la compañía es "no seas malo" ("don`t be evil"), y -por lo menos para sus dueños y empleados- la cosa funciona de acuerdo a él. Significa el modo en el que la empresa debe relacionarse con sus usuarios y la manera en que éstos deben utilizar la información a la que Google da acceso. Casi diez años después, la frase no ha perdido vigencia