Cuando Antonio Banderas desataba su corpiño en "La máscara del Zorro" (1998), el film que la dio a conocer al público americano, uno sentía que debería utilizar guantes protectores. Catherine Zeta-Jones era una hoguera encendida.
También Sean Connery se derretía visiblemente viéndola deslizarse en su traje de gata ladrona de joyas en La emboscada (1999). Fue esa cualidad, el sensual `glamour` que brinda hasta en la publicidad de teléfonos celulares, lo que Trevor Nunn tuvo en cuenta al elegirla para encarnar a Desiree, su primer papel en Broadway, en su puesta al día de A little night music, donde también actúan Angela Lansbury y Alexander Hanson y que se estrenó en el Walter Kerr Theater el pasado 13 de diciembre. Cuando aparece por primera vez en el escenario, equipada con una centelleante peluca roja y actuando en una "obra dentro de la obra", es como si un fuego de artificio se disparara dentro de la sala.
A little night music, con música y letras de Stephen Sondheim y libreto de Hugh Wheeler, inspirados en la película de Ingmar Bergman Sonrisas de una noche de verano (1955), es una obra sobre el paso del tiempo y la mortalidad. Tradicionalmente, el papel de Desiree, una famosa actriz en un momento de crisis en su carrera, ha sido adjudicado a actrices más veteranas que Zeta-Jones, que tiene 40 años y parece menor. Glynis Johns tenía 49 cuando creó el personaje en Broadway, y le dio el toque de alguien que intentaba aferrarse al pasado.
Zeta-Jones, que creció en Mumbles, un pequeño pueblo en los alrededores de Swansea, ha controlado enormemente su acento galés excepto cuando habla con su madre, y entonces, según su marido, las dos suenan como si no estuvieran hablando inglés en absoluto. Recordando su adolescencia en Londres, dice: "Era una corista. Era todo lo que quería hacer, estar en el escenario. Quería colarme en la audiciones, cambiar de vestuario, ponerme un leotardo diferente e ir a otra audición. Podía costarme dos intentos, pero siempre conseguía el trabajo. Aparecí en todo lo que quise".
Cuando Zeta-Jones tenía cinco años, su madre la envió a la Hazel Johnson School of Dancing, en el salón de la cercana iglesia, para canalizar su energía. A los nueve ganó un concurso a nivel nacional para actuar en Annie, y viajó a Londres con chaperona y tutor. "Me encantó", dice, "lo disfruté enormemente". A los once era campeona británica de `tap`, y a los 19 protagonizó una versión en el West End de La calle 42.
A menudo desde entonces, y especialmente después de Chicago, quiso volver al escenario, pero por una u otra razón nunca ocurrió. Estaba jugando al golf en Canadá cuando el director Trevor Nunn la llamó para trabajar en A little night music. Él le dijo: "Querida, te quiero en esto, pero temo que no puedo usarte bailando. Ella contestó: "¿Ni siquiera un salto, algún movimiento o un juego de piernas?"
Ella agrega: "No hay palmas, grandes despliegues gimnásticos ni medias de tipo red de pesca, pero eso fue justamente lo que me atrajo. Aquí se trata de una hermosa pieza chejoviana, y la música es un plus. La caracterización lo es todo. No es un espectáculo donde uno excava diez centímetros y llega al otro lado. Hay que seguir cavando, y cavando, y cavando".
Excepto por algunos valses, nadie baila mucho en A little night music, y aunque Desiree está en el centro de la trama canta menos que otros. De hecho tiene solamente un gran número, que ha sido sin embargo el único que ha escapado de la órbita de la obra para adquirir existencia propia: Send in the clowns. Incluso gente que nunca ha oído hablar de A little night music, conoce las versiones de Frank Sinatra, Barbra Streisand o Judy Collins.
Nunn lo compara con el "Ser o no ser" de Hamlet. Lo primero que la gente dice al salir del teatro es "Oh, me encanta lo que hizo con el `Ser o no ser`", olvidando que se trata de un monólogo en medio de un contexto. Lo mismo ocurre con Send to the clowns. "No es una canción antorcha", dice el director, "funciona en su contexto, y hay que ser muy auténtico con ella. No se debe intentar sacudir al público en ese momento. Si la gente decide agarrarse de ella y hacer comparaciones, no hay nada que hacer".
Zeta-Jones dice que Sondheim le advirtió: "Sólo háblala". Ella no hizo exactamente eso, pero su versión es pausada y reflexiva, llena de recuerdos y segundos pensamientos.
"¿Qué puede hacer un actor", dice Zeta-Jones. "Únicamente, hacerlo a su manera". Deliberadamente, no quiso escuchar ninguna de las otras versiones, del mismo modo que no quiso ver Chicago en teatro antes de actuar en la película. "No se supone que sea una gran canción", agrega. "Es muy íntima, con una mujer que dice lo que no quiere hacer con el amor de su vida. ¿Cómo se supone que uno cante en un momento así?"
De todos modos, Zeta-Jones le imprime a su papel una energía y hasta una alegría que resultan muy adecuadas para Desiree, pero que también pueden ser autobiográficas. "Me siento tan feliz de estar aquí", dice tras explicar que la situación económica de Hollywood hace que no le interese mucho hacer cine hoy.
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