Uruguaya. La formidable bailarina, es centro de un libro escrito por dos de sus alumnas
EL MERCURIO | MARÍA PAZ CUEVAS
Está sentada en la terraza de su apartamento en Las Condes con un libro en las manos. Pasa la tapa y empieza a leer. A leerse a sí misma. Sobre las manos tiene la historia de su vida, el libro "Sara Nieto. Vida de una bailarina", escrito por dos alumnas.
Hace tres años, después de una clase en la academia Sara Nieto, una periodista-alumna le propuso esta idea a su profesora, muy tímidamente: "¿usted permitiría que hiciera un libro sobre su vida?". La profesora se sintió honrada, dio el visto bueno, pero con muchísima vergüenza. La misma que empieza a sentir ahora, cuando comienza a leer el ejemplar que llegó recién en la noche a su casa, y que fue escrito por Marisol Calderón y Francisca Folch. Lee y a ratos se detiene cuando se emociona con los recuerdos de su infancia en Malvín, y sus primeros pasos como bailarina en el Sodre. Transpira cuando pasa las páginas. Le da pudor leerse. Piensa que todo esto lo van a leer muchos más. Siente que hay demasiados halagos hacia ella en todo el libro. Halagos que hasta el día de hoy y después de una carrera brillante, mira con humilde incredulidad. "Qué sé yo. No te puedo decir si yo era regia. A mí solamente me gustaba bailar, entregarme en el escenario", dirá después.
No para de leer hasta las ocho de la noche cuando termina el libro, de un tirón. Entonces llama a su hija Leticia por teléfono. "Qué pudor, hija, es demasiado Sara Nieto".
TENAZ. Primer encuentro con el ballet en 1952: ahí estaba la tímida niña Sara, frente a la barra de una de las salas de la academia de ballet clásico con la maestra Paula Yarmalovich en Malvín, vestida con una malla negra, faldita de satén negra y zapatillas de punta remendadas por su abuela: sus pies eran tan pequeñitos que tuvieron que achicarle las zapatillas más chicas que vendían. Hasta ahí la había llevado su madre, Irma, para despercudirla de su timidez.
La niña Sara no hablaba mucho, menos en frente de los adultos, y a Irma, amante de la música clásica, le habían recomendado que inscribiera a su hija en una actividad. Pensó en el ballet. Y ahora la niña Sara, Sarita como le decían sus padres, con apenas tres años, avanzaba decidida desde la barra hasta el espejo caminando en puntas, con un dolor agudo en las pantorrillas que hasta ese momento no conocía. Todas se rindieron, menos Sara, quien llegó hasta el espejo sin chistar.
Después la maestra le dijo a mamá: "Sarita tiene condiciones. Es tesonera". La niña siguió yendo a unas clases que le fascinaban, a pesar de su timidez. Adelantaba la hora del reloj del living de su casa, para llegar adelantada a sus clases.
"A la sala entraban las mamás a ver a las niñas, y yo con adultos, nada. Después de los ejercicios en la barra, cada una elegía un pasito y tenía que hacerlo en el centro. Yo hacía las cosas con una vergüenza horrible, pero en el escenario me transformaba. Perdía todo el miedo, se me olvidaba el resto del mundo".
En casa, la niña Sarita empezó a ser Sarita la bailarina, y todos le pedían que bailara un poquito y le corrían los muebles para hacerle espacio. Nunca lo hizo. La niña Sara trataba de hacerles entender que para bailar se necesitaba todo: escenario, luces, vestuario. No se podía bailar así como así.
Otro flashback: Sara tenía quince años y se desdoblaba. Estaba en la Escuela de Danza Oficial del Sodre -la compañía más importante de Uruguay- desde sus ocho años, y a la par estudiaba bachillerato en Medicina. Le gustaba saber de enfermedades desde niña, cuando exploraba con avidez los libros sobre biología que había en la biblioteca de su casa y terminaba creyendo que padecía de todas las patologías que leía. Era hipocondríaca, pero le gustaba aprender y se fascinaba con las historias sobre disecciones de cuerpos de las que hablaba su hermano mayor Fernando Nieto, quien después fue cardiólogo. Por eso se desdoblaba. Hacía prácticas de química de 7 a 8 de la mañana en la facultad de Medicina. Después corría al Sodre hasta la una de la tarde. De una a cuatro, volvía a medicina. Y desde ahí, regresaba al teatro para los ensayos de 4 a 7 de la tarde. Aguantó así dos años.
"Ya sabía que quería ser bailarina, lo tuve claro desde que nací. Lo que no sabía era si iba a poder ser parte de un cuerpo de baile. Dudaba si podía entrar a una compañía o no". Antes de terminar el bachillerato, la llamaron desde el Ballet del Sodre, y abandonó la medicina para siempre.
DECISIONES. "No podría haber sido doctora, ¿sabés? Los hospitales me deprimen horriblemente, igual que el aroma de muchas flores juntas. Me recuerdan a los velorios, a los momentos tristes.
Flores después recibió muchas. Fue primera bailarina del Sodre durante diez años. Era conocida por todo el círculo de cercanos al ballet de Montevideo. Protagonizó allí Cascanueces, El lago de los cisnes y Giselle y fue reconocida como la Bailarina del Año en 1971 por El País. Hasta que en septiembre de 1971 el Sodre se incendió, producto de un cortocircuito. Durante los nueve años siguientes, Sara luchó junto con el resto de la compañía por levantar el teatro de nuevo, bailando casi siempre en roles protagónicos. Mientras, se casó con Luciano Lago, vecino de toda la vida y su más fiel admirador, y tuvo a sus dos hijos, Leticia y Leonardo. Después de dar a luz a Leonardo, volvió a los ensayos doce días después del parto. Sin embargo, a fines de los `60 el Sodre estaba estancado y Sara sentía que algo le faltaba.
Hasta que a comienzos de 1980 le llegó la proposición de un contrato para ser la primera bailarina del ballet del Teatro Municipal en Santiago de Chile. Sara no estaba convencida de aceptar la propuesta: no tenía buenas referencias del ballet en Chile y sus hijos eran muy pequeños.
"En Montevideo ya me conocían todos y no anhelaba más que eso. Pero mi marido me alentó para que nos viniéramos. Él ya sabía que el ballet era mi pasión, lo había entendido hacía años. Él dejó todo por acompañarme y nos vinimos a Chile, sin saber muy bien con qué nos encontraríamos aquí".
Estudiosa: Le gustaba la medicina pero dejó la facultad para ingresar en el Ballet del Sodre.
El renacer a través de la danza
Sara Nieto le pone una coronita rosada en el pelo a una niñita de tres años con malla y un tutú diminuto frente a un gran espejo. Sara le afirma la corona con pinches y le pasa un poco de escarcha rosa por el pelo. Después, a una chica un poquito más grande, le amarra una cinta con besitos de rosas fucsias, moradas y celestes alrededor del tomate. Es domingo 6 de diciembre y la salita está repleta de bailarinas en miniatura con tutús de colores sentadas en sofás. Conversan, se ríen y esperan ansiosas para subir al escenario, para una de las presentaciones de fin de año de la Academia de Ballet Sara Nieto.
Sara está dirigiendo su propia academia desde que se retiró del ballet en 1996. Su marido la ayuda en los temas administrativos y las dos tiendas de ropa para bailarinas que tiene en Santiago. Y ella dirige, a veces da clases y se encarga de los detalles de estas presentaciones. En el último mes, cosió 170 trajes, y con la ayuda de su hijo Leonardo hizo 170 coronitas para el pelo que ella misma les pone. "¿Están contentas?", le pregunta con una sonrisa a la tropa de diminutas bailarinas. "¡Sííííííííí!", gritan todas. "¿Quieren bailar?", les dice Sara: "¡Síííííííí!", contestan. Entonces Sara, menudita, delgada, bien maternal, su tono uruguayo bien marcado todavía, pregunta quiénes quieren hacer pipí antes del show, y las lleva de la mano hacia afuera del camarín.
El lema: querer es poder
"Podés usar puntas de los diez años hacia arriba, pero sólo con al menos dos años de entrenamiento previo. No sabés lo difícil que era pararse en esas puntas que eran malas, duras, de yeso. Pero no me bajé hasta que llegué donde dijo la maestra".
"Soy discutidora, pero en casa, con mi marido, porque somos el día y la noche: él siempre luchó con mi sencillez. Si hubiera sido por él, me habría traído en andas diciendo: ¡Ésta es Sara Nieto!"
"Cuando estás bailando no te das cuenta de que no vivís. Después de que dejás de bailar era rarísimo estar en la calle un lunes en la mañana. Pero es maravilloso. Ahora puedo tomar vino en las comidas, puedo salir, si me lastimo no me importa. Empecé a hacer una vida que nunca hice".
"No era que fuera mala, pero hay tantas buenas bailarinas. Era buena como muchas otras y tuve una estrellita que me ayudó. Pero no puedo decir, qué fantástica que era. Esa magia especial o ese qué sé yo en el escenario que la gente comentaba acerca de mí, nunca me los vi. Siempre me encontraba millones de defectos".
"La gente se arrima a ti y ¿qué te van a decir? ¿Que bailaste espantoso? No. Te dice qué linda y qué sé yo. Por eso siempre me lo tomé con incredulidad. Sí, fui muy perseverante y responsable a muerte, mi lema hasta ahora es `querer es poder`. Fui tesonera como el día en que llegué al espejo en puntas a los tres años. Por eso siento realmente que el público disfrutó y vivió conmigo la felicidad de bailar".
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