Itinerarios. El músico repasa las historias que lo marcaron a nivel personal y artístico
Alexander Laluz
"¿Cómo le va? Qué gusto verlo", le dice una señora rubia, bajita, mientras le estrecha la mano. Parecía un sorpresivo encuentro de viejos conocidos, aunque, seguramente, nunca se habían visto así, en la calle y tan cerca.
Rada apenas había terminado una improvisada sesión de fotos en la vereda ampliada de la calle Yí casi 18 de Julio, y el plan era entrar rápidamente al bar para comenzar la entrevista. Ante la decidida actitud de la mujer, sin embargo, él se dejó llevar por el afecto, y el trámite se volvió más moroso de lo previsto. Una vez adentro, ella -previsiblemente- se ubicó cerca de nuestra mesa, esperando el momento justo para pedirle un autógrafo.
"Pasa siempre", comenta Rada, y segundos después, cuando el grabador ya estaba prendido, la señora finalmente se arrima para declararle sin ambages su reconocimiento: "sos un valor, sos lo más grande que tenemos en el Uruguay".
Así, con gran economía de gestos y palabras quedó retratado el lugar que ocupa en el imaginario popular este hombre de 66 años, siempre de llamativa presencia, voz algo cascada, y ahora, a las once de la mañana, con muchas señas de cansancio. Por eso reconoce otra vez: "esto pasa siempre". Es inevitable. Lo privado y lo público se mezcla en un continuo simbólico que no hace más que borronear los límites del personaje, condiciona la supervivencia y media en las relaciones afectivas, familiares, las elecciones artísticas, la eterna pasión por el fútbol -su viejo plan A de vida-, y el viejo Peñarol.
A propósito de esta pasión, la derrota que sufrieron los aurinegros en el último clásico flotaba con transparente obviedad en la charla, y parecía un tópico inevitable. Su respuesta fue sencilla: "no, no lo vi al partido. Vine muerto de tocar en Tucumán, en Salta, después en Punta del Este. Hace tiempo que no voy al estadio porque la cosa está muy rara. Algo hay que hacer".
EL PLAN A. Estas últimas palabras llegan con un sabor nostálgico y algo de inevitable molestia. Desde mucho tiempo antes que se convirtiera en Zapatito (apodo que se ganó a los 10 o 12 años, por calzar zapatos talla 43), su vida estaba centrada en un solo objetivo: ser jugador de fútbol, y, obviamente, en Peñarol.
"De chico iba siempre al estadio. Vivía en la calle Santiago Gadea y Chacabuco… siempre viví cerca del estadio y me colé por todas las puertas posibles con mi hermano Martín. Allí vendíamos diarios para que la gente lo usara para sentarse". Así, la afición se fue transformando en un sueño y en una pasión que por años chocó con una barrera infranqueable. "Siempre le conté a todo el mundo que la música en realidad fue mi plan B en la vida. Yo era futbolista de alma, pero de chiquito, entre los 2 a los 4 años, tuve tuberculosis y llegué a estar internado en el Saint Bois". Y como las huellas de esa enfermedad demoraron en desaparecer, "cada vez que me hacía una ficha médica para ingresar a cualquier club, en las radiografías saltaba una mancha en el pulmón, y por eso no me dejaban jugar. Si se me hubiera dado hubiera sido un gran futbolista, porque era muy rápido y aplicado, como lo soy en la música, con la que siempre estoy investigando". Ante esta realidad, la alternativa para sacarse las ganas eran los partidos entre amigos: "íbamos a jugar a un cuadro de La Comercial. Allí jugaba Ringo Thielmann (que después fue bajista de Opa). Lo hacía muy bien, pero era medio calentón; después, Hugo y Osvaldo (Fattoruso) eran unos pata dura".
LA OTRA PASIÓN. Sabiendo ya que la carrera futbolística no tenía futuro, Rada llevó sus fichas a otro juego: la música. "A los cinco o seis años cantaba en la cancha de un club bochas, cantaba en los cumpleaños", aunque "para mí era como una jodita", hasta que se convirtió "en la mejor forma de sobrevivir".
Por aquellos años también "me las rebuscaba plumereando las butacas del cine Premier, todas las mañanas". Además, aprovechaba que "los funcionarios me pasaban algunas películas en la pantalla y yo imitaba a Fred Astair, Gene Kelly, y cantaba aquella... `I singing in the rain`… Después los muchachos me dejaban entrar gratis todas las semanas, y en las matinée me veía cuatro o cinco películas, las de Pedro Infante, Jorge Negrete... me los vi a todos. ".
Con esas primeras armas se fue abriendo un espacio en los escenarios del Carnaval y en algunos boliches o parrilladas como "la del abuelo de Nico Olivera, el jugador de fútbol, donde por cantarle a los parroquianos me daban carne... bueno, era carne un poco chamuscada, que me la llevaba a casa y con mis hermanos nos hacíamos un festín".
Las otras opciones laborales, las que podían garantizar un ingreso un poco más regular, le surgieron recién a los 13 o 14 años. Primero fue un trabajo en el Telégrafo Nacional. Y después, gracias "a una familia amiga que me prestó la bicicleta de una de sus hijas, me puse a trabajar de mensajero".
PRIMERA DIVISIÓN. Su primer salto a la división profesional de la música llegó de la mano Pedro Ferreira, una figura consagrada en el mundo del candombe, que lo llevó a cantar en su conjunto. Luego, fue el encuentro con Cacho de la Cruz, quien reconoció inmediatamente el singular talento que tenía "Zapatito", y lo llevó a ensayar con Los Hot Blowers, una legendaria banda dixieland, y una plataforma de lanzamiento de otros tantos músicos (entre ellos, los hermanos Fattoruso).
Con esta numerosa banda, y en plenos años cincuenta, Rada descubrió su veta compositiva (con Hot compuso su primera canción: Susy) y potenció su histrionismo con un nuevo personaje: Richie Silver, que le sirvió para proyectarse como cantante de rock and roll. "No había otra manera, nosotros cantábamos en inglés, y con mi nombre no había mucha chance. Acá, el único que cantaba en español, y con su propio nombre, era Pedro Ferreira. Un capo. Pero un día, cuando se acercó una persona para pedirme un autógrafo y yo no sabía como escribir Richie Silver, dejé el personaje y empecé a ser Rada".
Fue una opción definitiva y definitoria: marcó el encuentro con Mateo y la formación de El Kinto; luego, en sociedad con Eduardo Useta, la irrupción del poderosísimo Totem; y al final, apoyado por Manolo Guardia, su carrera solista. Ese también fue el inicio de un sinuoso periplo que lo llevó a Buenos Aires (donde formó bandas legendarias como S.O.S., La Banda), Europa, México, Estados Unidos (con el trío Opa), y a varios regresos a Uruguay, donde finalmente fijó su residencia para pilotear esta última etapa artística (por fijar dos mojones arbitrarios: desde el disco Miscelánea negra, de 1997, hasta la actualidad, con Bailongo y su nuevo Fan), enfocada a la consolidación profesional.
Un disco sin prejuicios en tiempo de revisiones
Al llegar a los 66 años, Rada enfrenta otra decisión clave: seguir o no con su carrera. Las giras, todo los trámites previos a un concierto, los discos, han provocado un previsible desgaste con el tiempo. El cuerpo ya no responde como antes, y está muy consciente de eso. Entonces, un plan alternativo es enfocarse en nuevos proyectos. Claro, en esa lista no figura, al menos por ahora, el tan especulado concierto con Jaime Roos, más allá de que el acercamiento entre ambos artistas haya existido. Lo que sí está, y es de inminente lanzamiento, es su nuevo disco Fan: una producción dedicada "pa` los amigos", como él dice, en la que revisita canciones de Mateo, Cabrera, Gieco, Nebbia, "Chichito" Cabral, "Mandrake" Wolf, entre otros.
Aquí, capitalizando su probada habilidad para jugar con la música, asume el concepto de "versión" con un neto carácter de intervención compositiva. Todas las canciones suenan al Rada más creativo, el que puede convertir cualquier línea melódica en una explosión de referencias musicales, imaginación armónica y tímbrica. No es un trabajo magistral, tampoco una obra de síntesis, pero demuestra que su instinto musical sigue intacto. Esa gran obra quizás llegue con el segundo proyecto: un ambicioso álbum de candombes, que según indicó a El País, saldría el próximo año.
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