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Alarma comprobar el deterioro al que ha llegado nuestra sociedad en lo referente a la educación. El país fue un modelo para el continente y para el mundo, por el nivel educacional tanto público como privado en Primaria, en Secundaria, y por la jerarquía de sus profesores en el sector universitario. Hoy, es lamentable. Los reclamos sobre el déficit de la enseñanza llegan de todos lados y se comprueba con un mínimo de observación en la sola comunicación con la gente.
Las formas de expresión son deficientes, tanto orales como escritas. El uso del idioma en el hablar, y los errores de ortografía en los estudiantes universitarios y a veces en comunicadores sociales y formadores de opinión, en cualquiera de los medios de difusión, están denunciando una desoladora falta de formación cultural. La historia del país es desconocida para la gran mayoría de una juventud, a la que además, no le importa demasiado conocerla. Y no hablemos de la ignorancia cívica, que ha llegado a desjerarquizar por completo la categoría del ciudadano -con todo el significado que tiene- que con orgullo pudimos ostentar en el promedio de la población tiempo atrás.
No es inteligente salir a buscar las causas e individualizar a los responsables. Cada uno tendrá su explicación, pero es evidente que en general el uruguayo ha perdido el hábito de leer, y que todo el afán de informarse -si es que lo siente- lo busca en las noticias de la televisión que por razones naturales de tiempo, no pueden dar nada más que pantallazos del acontecer nacional o internacional. El desinterés por el libro, ha traído como consecuencia el agudo desnivel entre la solidez cultural de ayer y de hoy.
Las experiencias que hemos vivido en ocasión del proceso electoral nacional que acaba de culminar, y que se han difundido por diversos medios, asustan. El ejemplo más claro lo tienen quienes han podido observar las barbaridades de entrevistados tomados al azar, no se sabe por quién, para poder deletrear la palabra "balotaje".
Es verdad que estamos ante un galicismo incorporado al español, por lo cual no es de extrañar que alguno se haya ufanado de hablar de "valotash", pero cuando se trata de darle un significado, es donde quedan al desnudo las carencias en gente mayor de edad que votó por obligación y de mal humor, sin saber por qué lo incomodaron dos veces en treinta días.
Lo cierto es que la sociedad uruguaya en su conjunto se despreocupó del tema, y por ello no es casualidad que cada cinco años, la educación se ponga en el tapete en los programas de todos los partidos políticos, como si fuera una originalidad o tuvieran la solución de la noche a la mañana, para un problema cuya génesis se viene arrastrando desde hace por lo menos cincuenta años, agrandándose cada vez más. La reciente ley de Educación sancionada en este gobierno es considerada en forma casi unánime -con la salvedad de la burocracia mal llamada docente, que la impuso con bombos y platillos para mejorar sus salarios - como un mamarracho. Así como el tema es un capítulo programático permanente en todos, nadie apunta a las soluciones concretas para mejorar la calidad de la enseñanza y el nivel de exigencias que deben requerirse, tanto a quienes enseñan como a los alumnos, para progresar en su escolaridad.
Naturalmente que el camino a seguir -que insumirá décadas para recuperar el retroceso sufrido- debe orientarlo el Estado. Pero es fundamental el papel que le corresponde a la familia en su propio seno hasta en los más mínimos detalles de la convivencia, en el enriquecimiento del interés de los diálogos, en la preocupación en serio, madura, no para castigar en el nivel de los estudios del niño o adolescente, matizándolos con los comentarios triviales propios de los ratos de expansión.
También importa la inquietud de los padres por conocer personalmente a los maestros y profesores de los alumnos, en fin, tantas cosas sencillas de hacer, a las que no se les da importancia.
La Constitución de la República no es ajena a esta preocupación. Dispone que "la familia es la base de nuestra sociedad" y consagra como un derecho y un deber ciudadano de los padres "el cuidado y educación de los hijos para que estos alcancen su plena capacidad corporal, intelectual y social". Esto no es letra muerta, es derecho positivo vigente.
Así, como vamos, el país se nos viene abajo.
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